Ejercicio 3 – “A la caída del telón”

Ejercicio3

¿Cómo nos definimos? ¿A partir de qué o de quién? ¿Somos esencia, somos alma, somos el animal en evolución? ¿Somos acaso ‘la persona’ que construimos a raíz de abrirnos paso por el mundo, la familia y la cultura? ¿O quizá somos todo eso y nada a la vez? Ante estas interrogantes me cuesta trabajo definir quién soy yo. Este ejercicio en particular me expone brutalmente frente a la hoja en blanco porque es confrontante, pues a la caída del telón existe la que fui, la que soy ahora, la que ve ‘el otro’ y la que deseo ser. Vayamos entonces por partes.

La que fui

Alguna vez lo mencioné en algún escrito:

De niña, el único reporte escolar que recibí me lo dieron por ponerme a maullar en clases. No me pregunten por qué lo hice, quizá me salió una enorme cola de gato en ese momento.

Nunca fui realmente una niña revoltosa, pero creo que desde entonces llamaban la atención mis sutiles diferencias, pues en más de una ocasión me lo hicieron saber. Lo que se conoce como ‘bien portada’, obediente y de buenas calificaciones, contrastaba con el bullicio que siempre traía en mi mundo interior: siempre imaginando, creando juegos, inventando historias, cantando, bailando, cuestionando. Por otro lado, sí prestaba atención al mundo que me rodeaba, escuchando atentamente, siendo empática y acudiendo a quienes, yo percibía, necesitaban a alguien. Quizá por eso amistades y completos extraños se acercaban a confesarme sus secretos e inquietudes.

Luego vinieron los años de adolescencia, con sus respectivos aterrizajes forzosos con respecto a otras realidades y la manera en que te ven los demás. Fue en aquellos años en los que la parlanchina en mí se fue acallando y dudando de su propia valía y potencial. Era un pato feo, ni más ni menos, distinta y con ideas extrañas. Aunque tenía mi tribu con la cual identificarme y sentirme segura, en el día a día sentía que no encajaba. Y eso me hizo dura y crítica, una ‘reina del hielo’ a la que le costaba trabajo expresarse y sentir. Aquella niña empática se volvió crítica y arrogante consigo misma y con los demás, y eso me costó relaciones.

@dianapietrzyk, en Giphy

Entonces vino el cambio. Una buscadora en la familia hizo el llamado a la buscadora en mí, para comenzar a rasgar la superficie y conocer el trasfondo de quién estaba siendo yo en ese momento, para encaminarme a la que soy yo ahora. Llevó muchos años, dudas e inquietudes, metidas de pata y crisis existenciales, experiencias, distintos maestros de vida, reencuentros con hermanas del alma y nuevas manadas, diversos retos… hasta que comencé a trazar mi propio camino.

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Ejercicio 2 – “La cobija de crochet y el árbol frondoso”

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Mi familia materna es un matriarcado, me parece que lo ha sido por algunas generaciones; me quedó muy claro desde niña aun sin conocer el concepto, sobre todo el día que me enteré que mi bisabuela defendió su rancho de los agraristas a punto de escopeta. Todavía, a su avanzada edad, se despertaba de pronto en las noches gritando:

¡Tráiganme mi escopeta que ya vienen los agraristas!

Aunque al final la familia perdió su rancho, la bravía de mi Aby jamás quedó en tela de juicio. Era de esperarse entonces que las mujeres de su clan desempeñaran un papel fundamental en las próximas generaciones. De modo que tampoco sorprende que yo lleve el nombre de dos mujeres importantes en la vida de mi mamá, incluso cuando una de ellas no procede de la línea materna: Mónica y Elena, ‘la buscadora’ y ‘la maestra viajera’.

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Ejercicio 1 – “Temporada de caza: El hambre por crear”

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Está ahí nuevamente, lo sé, lo siento, ha vuelto. El anhelo por ese algo más que no sé del todo cómo describir pero que se siente con fuerza. Esa hambre por crear de manera constante, no sólo de vez en cuando, no sólo cuando tenga tiempo, no sólo cuando el trabajo lo permita, sino cada que el alma lo necesite, de manera fluida, y de ser posible, incluso cada día.

Me encuentro en ese estado similar al que se experimenta unos minutos antes de que uno decide salir de la cama por la mañana: medio dormida, medio despierta; con los ojos semiabiertos, quizá con algo de ganas de quedarme un ratito más en esa comodidad envuelta en las sábanas, teniendo un monólogo en mi cabeza sobre la enorme (o no tan enorme) lista de pendientes por completar en el día.

Me encuentro en ese estado en el que sé muy bien lo que me toca hacer para seguir ese anhelo por crear, por escribir, por tejer historias… pero no tengo muy claro cómo empezar. Mi energía masculina me pide un manual, mientras la femenina me invita a dejarme sentir, soltar el control y fluir.

Quizá sólo me haga falta un fuerte empuje para salir de esa cama de un brinco, sin caer estrepitosamente y rodar por el suelo. Aunque de vez en cuando es necesario estrellarme, con o sin gracia.

Cada cierto tiempo experimento esta hambre, por lo general, cuando el trabajo me ha envuelto de tal manera que me siento muy cansada, o cuando pierdo la claridad respecto a qué camino tomar en el frondoso bosque de posibilidades. Como las mareas, que suben y bajan; como la naturaleza y sus estaciones; como mi naturaleza cíclica que de pronto me lleva al mundo exterior, para luego invitarme de nuevo a ir hacia adentro, así de pronto esta hambre regresa. Y como lo señala Clarissa Pinkola y lo he expresado en más de una ocasión, cuando tengo hambre «como lo que sea». Como procrastinación o exceso de trabajo, como ira o nostalgia, como demasiado enfoque o demasiada ensoñación, como distracciones perennes y excusas. Y en este momento de mi vida, en este incesante desvarío me queda claro una cosa: la loba dentro de mí, «con su enorme y peluda cola salvaje», tiene hambre.

Comienza oficialmente la temporada de caza.

La Moccata

Ejercicio 1 del  Taller Virtual DEMAC Talladoras de palabras