Ejercicio 4, Parte 1: “Los ancestros”

Ejercicio4.1


A mis maestros de vida

Venimos a este mundo a vivir experiencias, emociones y a recordar. Afortunadamente, en el camino la vida nos regala muchos maestros, algunos de los cuales no dejan duras lecciones mientras que otros nos acompañan de manera amorosa por la travesía. He tenido la fortuna de haber conocido grandes personas en mi andar, seres mágicos que me compartieron de sí mismos a través de sus palabras, sus abrazos, su ejemplo y su sola presencia. Este es un recuento de algunas de esas personas.

 

Los ancestros

Muchos familiares han sido (y son) muy importantes en mi vida. Hoy mencionaré en particular a aquellos cuya intervención tuvo un efecto directo en la construcción de mi persona. Iremos de arriba hacia abajo.

Mis abuelos son, sin duda alguna, la primera gran sabiduría a la que tuve acceso de niña, esa que sólo se puede adquirir con el paso del tiempo.

 

Esa que va ahí es la esposa de José Luis

Dijo varias veces mi abuelo paterno cuando su mente ya no le daba para distinguirme como su nieta.  La figura de mi abuelo Francisco fue siempre la de un hombre inalcanzable y trabajador. “No subas corriendo las escaleras que ya volvió tu abuelito”, me decía con voz muy suavecita mi abuelita. No conviví mucho con él, pero tengo muy presente su voz, su mirada penetrante que siempre me resultó enigmática de niña.

Mi abuelo Pancho era como uno de esos personajes de la mitología que sólo puedes ver desde lejos, al que se le admira y respeta, pero nunca se le perturba. Su ejemplo me enseñó sobre el trabajo duro y la perseverancia, y sobre muchas otras cosas que fue e hizo que yo preferiría evitar en la vida y en la familia y que, por respeto a su memoria, no mencionaré en este escrito. En sus últimos días me regaló las miradas más dulces que alguna vez me dedicó. Tras su muerte, me tocó reconocer su cuerpo en el hospital; recuerdo que de pronto me pareció tan pequeñito y delgado, con su piel llena de surcos, como los ríos que corren aprisa para desembocar en el mar, como una tierna personita que estaba lista para partir. Me despedí de él y le di las gracias por sus años de trabajo y su legado.

Fíjate bien

Me decía mi abuelita Sarita, cuando me enseñaba cómo maquillarse las mejillas con un lápiz labial. Contrario a mi abuelo, mi abuelita Sarita era un auténtico pan dulce, con muchísimo amor para compartir y siempre atenta al prójimo. Todavía no puedo creer que soliera quitarle la piel a los gajos de limas porque así nos gustaba comerlas a mis primas y a mí. Mi padre cuenta que una vez se quedó sin dinero viajando en el tren, pues al quedarse varado por horas mi abuelita le pidió que le comprara el almuerzo a todas las monjitas que viajaban en otro vagón porque, ¿cómo podrían quedarse ellas sin comer?

En mi mente, ella siempre tuvo esa imagen de persona mayor. Sentada en su silla de la terraza disfrutando el sol de la tarde, con sus vestidos sastre, su cabello gris y bien peinado, su piel blanca y sus mejillas “chapeteadas”.

toastanimations.tumblr.com

Con toda su ternura, Doña Sarita era también una matriarca con ideas muy firmes y claras. Cuando ella decía “no” era definitivamente no, y todo el hormiguero de la casa se movía de arriba abajo para satisfacer sus necesidades. Debo decir que en algunas ocasiones era bastante pillina, pues sabía cómo tener a todos en la palma de su mano, la mayoría de las veces sin mover un solo dedo. Aunque hay muchos aspectos de mi abuelita que me gustaría sanar en la familia para que no se repitan, ella era un ser de puritito amor, y con su ejemplo y sus palabras me enseñó siempre a escuchar desde el silencio, a estar atenta y, sobre todo, a velar siempre por la familia, a no dejar que cualquier obstáculo o malestar turbara las relaciones, a hacer a un lado el rencor para que el amor prevaleciera. Agradezco enormemente haberla acompañado en sus últimos días.

Mis abuelos maternos son otra historia. Viven en el norte del país, y creo que sólo con eso puedo decir bastante de su carácter. Ambos trabajadores, luchando siempre por sacar adelante a la familia. Los dos son mi referente más extraordinario del esfuerzo y la dedicación. Ambos tienen más de 8 décadas de vida, pero si uno los mira se asombra ante su resistencia y capacidad. Ninguno aparenta su edad. Ambos son bastante independientes, y desde su trono mueven las piezas para preservar el legado que cada uno construyó.

Muñequita de porcelana, si me la compran…

Dice mi abuelo cada vez que me ve, a lo que yo le respondo “la venderé”. Recuerdo que cuando leí la historia de “El Padrino” claramente identifiqué a Don Corleone con mi abuelo. Sí, ese hombre grande y corpulento, con voz ronca y firme, un líder capaz de enfrentar duras batallas… y ganarlas. Conmigo siempre ha sido muy cariñoso, y desde que recuerdo tenemos ese juego de oraciones de la muñeca de porcelana. Una vez se respondió solito “no, ahora eres demasiada cara como para venderte”. Lo dijo siguiendo el juego, pero su tono llevaba la suficiente seriedad para entender a qué se refería. Mi abuelo se siente muy orgulloso de mí.

Con frecuencia, mi abuelo me traía de San Diego las últimas novedades de películas infantiles, ¡y eso para mí era siempre muy emocionante!, pues demoraban un poco más en llegar a Guadalajara. Quizá no lo sabe, pero estas películas llenaron mi mundo infantil de historias y personajes que me llevaban a aquellos lugares lejanos de mi mente a los que sólo la imaginación nos conduce cuando somos niños, y cuando recordamos serlo de adultos.

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Hay dos cosas que disfruto mucho de mi abuelo: su sonrisa sincera y sus consejos. Cuando se sorprende ante algo siempre exclama “¡Pa’ su mecha!” (casi lo puedo escuchar diciéndolo ahora mismo), y todo su rostro se enciende en una sonrisa tan grande que sus ojos se pierden en una piel que tiene muy pocas arrugas para su edad. A veces se me figura como el Gus de los ratoncitos de la Cenicienta y me da mucha ternura… no cuando se enoja, eso sí, puede ponerse bastante serio cuando sucumbe ante la ira y casi lo imagino mandando la cabeza de un caballo a un cantante insolente (referencia para quien lo entienda). Sus consejos siempre encierran mucha sabiduría y honestidad. A veces siento que me habla desde una versión más joven de sí mismo, pero con el conocimiento característico de una persona de su edad que reconoce su trayecto, sus aciertos y sus errores.

Cuando de pronto hablamos por teléfono siempre me dice “Moniquita, ¿ahora en qué parte del mundo estás, viajera consumada”, y con frecuencia me habla de la importancia de perseguir mis anhelos, del trabajo, de cómo uno debe luchar siempre por construirse un legado del cual sentirse orgullo y, por encima de todo, de la importancia de ser feliz con mi esposo. Recuerdo que una vez, cuando tenía 15 años y ante mi argumento altanero de que no me interesaba casarme de mayor, me respondió muy serio “no porque haya divorcios en la familia quiere decir que tú no vayas a poder ser feliz en un matrimonio”… tenía razón. Mi abuelo siempre ha tenido una fe y creencia en mí, casi ciega, y eso es algo por lo que toda la vida estaré sumamente agradecida.

El lipstick es el 80% del maquillaje beba, no se te olvide

Mi abuela Yoly me ha dicho esto en varias ocasiones y lo recuerda cada que considera que a una mujer le falta ese porcentaje tan importante. Mi abuela materna ha sido una figura muy importante en mi vida desde que tengo memoria, siempre ha estado ahí, y no puedo siquiera concebir una vida sin ella. La piel se me hace chinita de sólo pensar que algún día tendré que enfrentarme a esa realidad, la quiero muchísimo. Cada vacación escolar iba a visitarla a Ensenada. Amaba ese tiempo con ella, en su casa de puertas abiertas, en la cocina donde me daba café con leche a escondidas de mi mamá mientras veíamos The Price is Right en la tele, en el jardín donde alguna vez sacó su cobija preferida para tener un picnic en el que me sirvió leche en copa y donitas blancas en un plato… tengo un recuerdo increíble de cómo la gente nos miraba con sorpresa al pasar y vernos a las dos ahí tendidas, me pareció que estábamos retando al mundo entero ella y yo, ahí mismo, almorzando en su jardín.

Fue mi abuela quien me motivó desde niña a presentar obras de teatro con mis primas cada Navidad frente a la familia. Aún recuerdo la emoción inocente que me daba cuando abría su viejo baúl de disfraces de cuando ella hacía teatro, y había que construir toda una historia alrededor de ellos. La Navidad fue siempre mi época favorita en su casa, con un enorme árbol en la sala, su Nacimiento que cada año parece extenderse, y la alfombra blanca y peluda que se asemejaba a la nieve. Aún tiene una foto en la que estoy tendida sobre esa alfombra viendo con fascinación desde el piso un enorme árbol navideño en el centro de la sala.

@hallmarkecards, en Giphy

Algo que siempre he admirado de mi abuela es su fortaleza, algo testaruda de pronto, como un antiguo árbol que se reúsa a moverse de su sitio cuando a su alrededor han tumbado el bosque entero para llenarlo de edificios. Me hubiera encantado conocerla cuando era más joven, cuando de chiquilla robó con su amiga una trajinera o se hacía la pinta con sus amigas, por eso mi bisabuelita siempre le daba tremendas palizas. Yo creo que por eso el abuelo Simón le tenía tanto cariño, parece que siempre andaba de atrabancada y eso seguramente acaba por derrumbar la disciplina y rectitud del viejo japonés que de niño fue enviado en barco a San Francisco.

Recuerdo con asombro esa anécdota de mi abuela que mi mamá me contó alguna vez: la familia tenía un perro pastor alemán llamado Odín que era como el perro alfa de la colonia, siempre se estaba peleando y causando problemas. Un buen día decidieron amarrar a Odín para que no se escapara de la casa, y ante el ardiente deseo del canino por escaparse de su encierro, saltó la reja quedando limitado por su cuerda y aterrizando en una de las varas en forma de pico. Mi abuela levantó en brazos al enorme perro desencajándolo de la vara, para curarlo después con merthiolate rojo. Puedo imaginármela, con su menuda estatura y su cabello ondulado, alzando al perro con todas sus fuerzas y curándolo de la manera en que sólo las abuelas saben hacerlo, aunque en aquel entonces apenas era madre. No usó plantas medicinales, pero se me figura que en ese momento debió de haber parecido una auténtica curandera.

Mi abuela me enseñó a cantar, a cocinar algunas de sus recetas más exclusivas  y a caminar y a comer como una dama (aunque mi esposo dice que eso es algo que claramente he olvidado cuando me ve jugando con la comida en mi plato). También intentó enseñarme boliche, pero eso simplemente jamás se me dio. No hay nada que me dé más felicidad que ver la emoción en su rostro cuando me ve llegar, seguramente aún me ve como aquella chiquilla que se escondía en su closet y gritaba:

¡no me quiero ir, mi Yoly…!

…cuando era momento de llevarme al aeropuerto para volver. Tengo que decir que a mis casi 34 años, definitivamente aún me dejo chiquear por ella.

Uno de los mejores recuerdos que tengo de mi abue es cuando me llevó de viaje a mis 15 años. Yo era la joven del grupo pero ella era, por muy lejos, la persona más dinámica del tour con el que íbamos. Iba siempre al frente, al lado del guía ¡y vaya que me costaba seguirle el paso! Años después, cuando comencé a alcanzarla caminando a su lado entendí que ella también era vulnerable al paso del tiempo. No tiene la fuerza de antes, pero sí el carácter. El día que tuve que explicarle y defender mi trabajo como terapeuta holística me temblaban las manos, sabía que no lo aprobaba y me costó mucho mantener mi postura ante la que siempre he considerado la mujer de mayor rango y autoridad en la familia. Y debo decir que es difícil pasar por su juicio. Puedo presumir que nunca le di demasiadas molestias a mi abuela, pues siempre fui respetuosa, cariñosa e independiente, y jamás le exigí algo, ¿con qué derecho? Pero esa vez sí que la vi alterada por mi causa. Seguramente fue la primera vez que sintió que iba en contra de su mandato y consejo, pero parece que poco a poco lo ha ido aceptando, y eso me ha hecho muy feliz.

Aunque mi abue no se siente a mi lado en un círculo de mujeres ceremonial, me basta con sentarnos en círculo en su cocina, mientras ella nos dirige como si fuera un director de orquesta. Espero que pueda seguirlo haciendo por muchos años más, antes de que desee partir al origen de todo, desde donde sólo podrá orquestar a través de susurros… ojalá que pueda seguirla escuchando entonces.

Nos vemos en unos días en la parte 2 de este ejercicio, cuando continúe con mis padres.

Con amor,

Mónica Elena Cárdenas Mejía (La Moccata)

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