Ejercicio 5: “Cuerpo de mujer”

Ejercicio5


Me gusta pensar que los espejos son ventanas a mundos lejanos, otras dimensiones desde donde una fracción de nosotros se asoma también, de vez en cuando, a vislumbrar lo que ocurre en esta parte del universo. Quizá más allá de la ficción el espejo es, sin duda, un acceso a nuestro propio mundo, nos refleja  cómo luce nuestro exterior y, en teoría, cómo se supone que nos ven los demás. ¿Pero es eso todo lo que muestra?

Solía pensar que cuando era niña nunca presté particular interés a mi aspecto, hasta que un día una prima me recordó que de pequeña me divertía combinando la ropa para ver cómo lucía. Por algunos años, al lado de la casa de mi papá hubo una pequeña tienda alojada en lo que alguna vez fue el hogar de una familia con influencias. Bajabas por unas pequeñas escaleras para llegar a un espacio que parecía sacado de un cuento de hadas, estaba lleno de muñecas, colores pasteles y crinolinas por todos lados, incluso recuerdo que los probadores daban la altura perfecta para que una niña se convirtiera en una princesa por unos instantes. Mi papá me compró en más de una ocasión un vestido en esta tienda. Tenían ese diseño que estaba de moda por aquel entonces: llegaban al tobillo, estaban cubiertos por capas de tela y holanes y daban la ilusión de que la portadora tenía la forma de un pastelito antropomorfo. Estos vestidos y en particular uno blanco de “Cenicienta” que me hizo mi abuela eran mi adoración.

Aparentemente era una niña muy femenina, aunque también me gustaba rodar por el jardín, ensuciarme las calcetas, jugar carreras con los Micro Machines, y estoy segura de que tenía la misma cantidad de figuras de dinosaurios que de muñecas. Y si había algo que realmente disfrutaba era sentarme al lado de mi papá en un enorme banco del que siempre colgaban mis pies, para que me bolearan los zapatos. Esto no se consideraba algo muy femenino, era un lujo más bien destinado a los hombres adultos, pero a mí me encantaba. A la fecha, si voy caminando sin prisa por la calle, y traigo unos zapatos que lo ameriten y me encuentro de pronto con un buen bolero en la esquina, me siento a revivir recuerdos.

No tengo muy claro a partir de qué edad comencé a renegar de mi feminidad, y entonces llegaron los pantalones de mezclilla, las botas estilo Safari, el cabello suelto y despeinado y un aspecto más bien masculino. Mi menarquía llegó a una edad muy temprana y odiaba que mis curvas femeninas sobresalieran. A los 9 y 10 años mis compañeras seguían teniendo cuerpos de niñas, mientras yo ya me contoneaba al caminar, y no por gusto, además de que mi complexión siempre fue más bien rellenita.

 

@emmadarvick, en Giphy

 

En mi época de adolescente me consideraba una chica fea. No tenía ni el peso ni el estilo de mis compañeras de clase. No me gustaba recogerme el cabello relamido en una alta coleta, ni llevar zapatitos Mickey, mucho menos llevar una falda a una altura en la que tuviera que estar al pendiente de qué tanto mostraba.

La secundaria puede ser una etapa cruel para quienes son diferentes, por lo que eventualmente comencé a tomar consciencia de mi aspecto e “intentar lucir menos fea” tratando de simular el estilo de las demás. Me convertí en una joven vanidosa y perfeccionista. Ningún cabello podía estar suelto, el maquillaje debía estar en su punto en todo momento, y la falda ya no podía estar a la altura de mis rodillas. Continué con este estilo por unos años, siempre pensando que había que compensar, de alguna manera, lo que consideraba era una ausencia de belleza, y bajo la excusa de que no me interesaba tener novio siempre me gustaban los chicos que sabía que me iban a ignorar. No fue hasta que apareció un joven insistente, simpático y atractivo, que a fe de repetirme con frecuencia lo bonita que era terminé por creerlo. Seguimos juntos a la fecha.

Pese a que comenzaba a aceptarme bonita, todo aquello que para mí resultaba “excesivamente femenino” estaba vetado. ¡Que ridiculez! No existe algo “demasiado femenino” pero va, así era mi sentir. Un par de faldas largas eran permitidas, pero las usaba con poca frecuencia. El color rosa, los vestidos, un poco de escote o algo que mostrara mis piernas estaban terminantemente prohibidos. ¿Por qué? Porque seguía renegando de varios aspectos de mi ser mujer y, como era de esperarse, eso se reflejó en cólicos y calambres menstruales, malestares y bloqueos en mi aparato reproductor y, por tanto, en mi capacidad creativa… hasta que comencé a aventurarme en el mundo de autoras como Clarissa Pinkola, Jean Shinoda Bolen y Miranda Gray.  Las siguientes líneas las tomaré prestadas de un viejo escrito, que describe a la perfección lo que sucedió en aquellos años:

Quizá más allá de la teoría, lo que realmente marcó un antes y un después en esa época fue el descubrimiento de la entonces para mí enigmática copa menstrual. El uso de la copa implicó derrumbar años (propios y del colectivo) de condicionamiento acerca de la naturaleza femenina y su ciclo menstrual, de la sangre, de los cólicos, de la industria sanitaria, de mi cuerpo, ¡de mí misma! Tal vez suena muy exagerado (y no, por el momento no vendo copas), pero realmente fue un mundo nuevo que cambió por completo mi perspectiva. Yo era más que un puñado de hormonas, más que un manojo de emociones, más que un objeto de deseo; era más que mi duda y mi caos existencial, más que un “no sé por qué soy tan bipolar”; era más que la explosión desenfrenada de ideas, que la inspiración, los sueños y la voz en mi cabeza. Simplemente, ¡era todo eso y mucho más! Ahora existía la posibilidad de dejar de ser vulnerable ante mi naturaleza, para apropiarme de ella.

Mentiría si dijera que fue sólo el uso de la copa menstrual lo que me ayudó a familiarizarme con mi cuerpo y a comenzar a destronar el tabú. Fue también el ritual de “Siembra de la luna”, los libros que se cruzaron, el compartir con otras mujeres, las meditas de pata y hasta los berrinches.

 

@annasalmi, en Giphy

Este nuevo camino me llevó a relacionarme con mi cuerpo y con mi feminidad de una manera distinta. Comencé a usar vestidos y faldas, saqué los viejos accesorios que ya no usaba y, por encima de todo, empecé a disfrutar de mi contoneo y el poder de seducción de la hechicera que me habita.

El cuerpo tiene un poder impresionante, es el templo donde habita nuestra diosa (o dios), la vasija que nos permite experimentar la vida en el plano material. Si hay rechazo hacia su forma, ¿cómo podremos aceptar lo que alberga en su interior?  Amar nuestro cuerpo implica atesorarlo y protegerlo, no someterlo a un molde en particular a fin de ponerlo en guerra con su propia naturaleza, pero sí cuidarlo de manera que se mantenga sano a base de un estilo de vida saludable que nos permita seguir disfrutando por muchos años más, hasta que decidamos partir. Por esa razón me encuentro ahorita cuidando mi alimentación y ejercitándome. En algún momento de mi vida llegué a pesar 70 kilos, apretados en una altura que rebasa por muy poco el metro y medio. Jamás volveré a abandonarme a mí misma de esta manera. Como dijo una amiga:

No hay mejor regalo que sentirse bien en el propio cuerpo.

 

Aquella chica vanidosa de mi adolescencia ha dejado de mirarse en cada reflejo por la calle. Incluso carezco de un espejo de cuerpo completo en mi casa. Sí tengo, por supuesto, un espejo en el baño donde alcanzo a verme por debajo de mi hombro si me pongo de puntitas. Jamás entenderé por qué en una ciudad de gente chaparra se construyen espacios para personas altas.

Hoy me veo en el espejo y me reconozco bella, pues he abrazado mi feminidad. Me gustan mis ojos pequeños y jalados, producto de mi herencia oriental, y la pequeña arruga que se forma en la comisura de mi párpado cuando sonrío; me gustan mis pómulos altos de “chica cachetona” que son mi mejor aliado para verme más joven que muchas mujeres de mi edad. Adoro mis pies pequeñitos, con todo y la dificultad que representa encontrar zapatos que me queden; mis manos pequeñas no me dejan alcanzar varias teclas en el piano, pero me resultan tiernas y cálidas. Y aunque siempre he renegado del ancho de mis caderas y de mis muslos, reconozco que al adueñarme de su longitud adquiero un enorme poder. Como dice la psicoanalista jungniana Clarissa Pinkola:

Las caderas de una mujer son batangas para el cuerpo superior y el inferior; son pórticos, son un mullido cojín, asideros del amor, un lugar detrás del cual se pueden esconder los niños. Las piernas están destinadas a llevarnos y a veces a propulsarnos; son las poleas que nos ayudan a elevarnos, son un anillo para rodear al amante. No pueden ser demasiado esto o demasiado lo otro. Son lo que son. En los cuerpos no hay ningún ‘tiene que ser’.

@xavieralopez, en Giphy

 

Quizá sea tiempo de hacer a un lado la desidia e ir de una vez por todas por ese espejo que falta en mi hogar, para poder verme en total desnudez cuando mi cuerpo y yo tengamos hambre de conversar y confesarnos. Cuando la que mira desde el otro lado de la ventana, desde su lejana dimensión, tenga ganas de asomarse a vislumbrar lo que ocurre en esta parte del universo y tomarse una interminable taza de té conmigo.

Mónica Elena Cárdenas Mejía (La Moccata)

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