Ejercicio8.2

 

Los soñadores de imágenes

La primera película que recuerdo haber visto en el cine fue “La Sirenita”. ¡Me impresionó tanto! La vastedad de las salas de entonces, el olor a dulces y palomitas, el ruido ensordecedor de las bocinas y la emoción de ver una historia en una pantalla gigante. El cine siempre me resultó fascinante, quizá por eso por muchos años creí que de grande me gustaría dedicarme a él. Aunque en el trayecto descubrí que mi camino no iba por ahí, el cine, las historias y sus personajes me siguen conmoviendo y sacudiendo del asiento. Por más Netflix que haya, jamás podrá igualarse con lo grandioso del rito de ir al cine.

Confieso que con todo lo que me gusta el séptimo arte, me falta mucha cultura para poder hablar de él con más conocimiento y perspectiva, pero con lo poco que sé lo disfruto muchísimo. Cuatro cineastas son para mí un eco y fuente de inspiración en la narrativa audiovisual:

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Compasión en la divergencia

Compasion
Dice Gaby Vargas en su libro ‘Energía, tu poder’, lo siguiente:
Sin importar la religión o no religión, la oración crea una energía que nos regresa al origen, nos conecta con la energía divina que llamamos Dios, Inteligencia divina, Alá, Buda, Fuente creadora o como queramos nombrarla. Hay muchas formas de orar: en silencio, con cantos, con música que nos transporta, con el baile al ritmo de tambores, con la gratitud, con un ritual, al meditar, en un abrazo, al apreciar la naturaleza (…) La oración no es sólo algo que hacemos, también es algo que somos, es una actitud ante la vida.
Habiendo citado este párrafo, pienso que cuando ‘oramos’ con regularidad, practiquemos o no alguna religión, pero juzgamos o criticamos otras formas de vida, le deseamos el mal a alguien, guardamos rencor y no perdonamos, o simplemente no somos capaces de empatizar con la historia de vida de alguien más (ojo, para empatizar no necesitamos estar de acuerdo) … nos hace falta la compasión necesaria para orar.
Necesitamos aprender a predicar con la acción, más que con la palabra. Como dicen los gringos:
walk the talk
Lo veo con mucha frecuencia, en mí misma y en los demás, que decimos y compartimos cosas muy bonitas, acerca del amor, el perdón y la compasión. Pero cuando se trata de ponerlo en acción nos quedamos cortos, pues tenemos por ahí rencores guardados, juzgamos y criticamos y no somos totalmente fieles a nosotros mismos o a los demás. Dime, ¿de qué sirve hablar del amor al prójimo si ataco tan duramente a alguien más porque no comulga con mi forma de vida? ¿De qué sirve hablar del perdón si no he logrado perdonar una ofensa desde hace años? ¿De qué sirve compartir sobre el amor, si me falta amor propio? ¡Ah! Qué difícil es, sobre todo ante aquello que consideramos una injusticia.
Se necesita mucha práctica. Se necesita hacer ese recorrido del corazón a la mente y desde ahí hacia la voz, para que seamos congruentes con nuestros ideales, los valores que admiramos y la mejor versión de nosotros mismos que deseamos ser.
WALK THE TALK
Mónica Elena Cárdenas Mejía – La Moccata

¡4o Aniversario!

Aniv
Hoy amanecí con un recordatorio de #wordpress. Resulta que hoy es el aniversario de mi blog “El tornillo suelto de la Moccata”. Justo hace unos días escribía del proceso que me llevó a crear este espacio. El blog surgió en una época en la que sentía una enorme necesidad por expresar mis adentros, mi creatividad y todos los demonios y ángeles que surgían en mi interior en mi lucha cotidiana y mi recorrido por la vida.
 
Este recordatorio coincide con otro aviso que señala que ¡he alcanzado las 200 publicaciones en mi blog! Vaya que he escrito en estos últimos 4 años, pese a todas esas pausas que me di y momentos de frustración en los que me olvidé de conectar a través de una medicina que amo: la palabra. Ha sido una gran aventura de muchas emociones, aprendizaje y creatividad y me siento muy contenta y orgullosa del camino andado. ¡Voy por más inspiración, por más intenciones, por más historias tejidas!
 
Mónica Elena Cárdenas Mejía – La Moccata

Ejercicio 8, P1: “Los ecos de memorias que inspiran”

Ejercicio8

El hombre que vino del sol

Eran unos aventureros, él apenas tenía 14 años…

Comenzó narrando mi abuela mientras mi suegro y yo la escuchábamos atentos en la sala una noche que se sentó a nuestro lado a revivir recuerdos.

Hay personas que dejan una huella imborrable en nosotros, incluso si nunca llegamos a conocerlas, pues el eco de su trayecto nos acompaña en nuestro camino a través de su memoria, su ejemplo de vida o su trabajo. El abuelo Simón, como le decimos al papá de mi abuela Yoli, es una de esas personas para mí. Era un adolescente el día que él y su hermano se subieron a un barco en Japón a escondidas de su familia para partir rumbo a “América”, lo pongo así entre comillas porque me imagino que en aquél entonces la palabra significaba más que el nombre de un país o un continente, sin duda era incluso el epíteto de la persecución de los sueños y la esperanza. El abuelo Simón jamás volvió a su país natal, y como acertadamente dijo mi suegro, años después de su partida se vino la guerra, de manera que si él y su hermano no hubieran decidido marcharse aquel día él quizá no habría vivido lo suficiente para que una bisnieta suya, del otro lado del mundo, se atreviera a escribir una pequeña fracción de su historia.

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¡UY, TERAPIA, QUE MELLO!

miedoterapia

 

Me resulta curioso cómo todavía, hoy en día, el acudir a terapia sigue siendo tan estigmatizado por algunas personas. He visto, con algo de pena y tristeza, cómo hay quienes lo consideran una pérdida de tiempo y dinero. No todos resuenan con ello, eso me queda muy claro y hay que respetarlo. Pero hay que ser muy sinceros en cuanto a nuestra negativa. En esta sociedad del esfuerzo y la acción sin pausa hemos aprendido que pedir ayuda es una señal de debilidad, cuando en realidad se requiere de mucha humildad y valor para reconocer en qué momentos sentimos la necesidad de ser acompañados por alguien más en nuestros procesos personales. La terapia no es más que eso, un acompañamiento por parte de alguien que puede ver desde fuera una situación en la que nosotros estamos tan metidos que no podemos ver más allá de lo inmediato. No siempre podemos ser objetivos cuando se trata de nosotros.

Cuando alguien acude a las sesiones de wombblessing (mujeres) o el regalo (hombres) me gusta escuchar sus razones de por qué tomaron la decisión de hacerlo. La respuesta siempre tiene que ver con un anhelo que no se ha cumplido o algún aspecto con el que llevan trabajando ya mucho tiempo y para el cual necesitan una nueva perspectiva. ¿Y saben una cosa? Las y los sanadores también necesitamos este tipo de acompañamiento para poder contenernos a nosotros mismos y, desde ese lugar de la búsqueda de equilibrio, poder contener y estar para alguien más que acude a nosotros. No temas pedir apoyo, pedir una perspectiva, o un acompañamiento para tu propio proceso de sanación. Yo este viernes emprendo mi aventura con otra sanadora, para trabajar dos aspectos personales. Ya iré compartiendo el proceso. Peace out!

– Mónica Elena Cárdenas Mejía – La Moccata

Ejercicio 7: “La casa que habita en el interior del bosque”

Ejercicio7

Recientemente tuve una plática muy interesante con una amiga sobre la maternidad y lo que ésta puede significar para distintas mujeres. Ella comentaba que el legado más importante que puede dejar el ser humano para el mundo son los hijos… Al escuchar este argumento no pude más que hacer una mueca con los labios, respirar profundamente y diferir con respeto. Opiné que, para mí, el legado más importante es el impacto que generas en los demás a lo largo de tu vida, ya sea a través de tu trabajo, tu personalidad o tus relaciones. En caso de tener hijos, por supuesto que el legado más importante es el impacto que dejas en ellos, pues tu influencia tiene que ser la más significativa en sus vidas; pero si no tienes descendencia, ese impacto se transfiere a las demás relaciones y conexiones con las que vas generando sinergia en tu andar.

Hace poco más de una década descubrí que había estado recorriendo un camino hacia un objetivo en particular, y cuando llegó el momento de tomar una acción definitiva hacia esa meta entendí que se trataba de un sueño que ya no deseaba cumplir. Me sentí muy perdida. Me dio la impresión de haber estado caminando en círculos en un rincón del bosque de mi mente para darme cuenta de pronto de que esa zona ya no me pertenecía, era apenas una vieja extensión de mí que tenía que desprenderse para que yo cambiara de rumbo… y como cuando se pierde una brújula, no tenía idea de hacia dónde debía dar mi próximo paso. Me mantuve a la deriva por un par de años, cumpliendo mis obligaciones día tras día hasta que la vida me llevó a empezar de cero, una vez más, en una ciudad distinta y de la mano de mi pareja. Me tocaba escudriñar en el bosque de mi interior para emprender el camino de regreso a casa, a mí misma.

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Ejercicio 6: “Al tirar los dados”

Ejercicio6

Cuando era niña disfrutaba los juegos de mesa. Recuerdo en particular el de “Serpientes y escaleras”, las “Damas chinas”, “Adivina quién” y otros tantos con los que me divertía por horas. Si mi vida fuera un tablero de estos juegos, ¿cómo sería? Sin duda, tendría forma de un mapa, como si se tratara de una búsqueda de un tesoro escondido con distintas piezas, dados de más de 7 caras y escenarios diversos. En este mapa de mi vida donde cada turno traería nuevas experiencias cada objeto del tablero tendría un particular significado, una historia y una enseñanza.

 

Si lo cuelgas así le dolerán las orejas

Tengo pocos objetos que recuerdo con especial cariño de mi infancia, no porque me haya desecho de ellos, sino porque la mayoría han quedado olvidados y dispersos en esos rincones que visito con poca frecuencia: el clóset de los cachivaches, el estudio de la casa de mi abuela, la esquina del librero que se ubica detrás de la cómoda de mi cuarto de adolescente y el hueco de la chimenea donde jamás se encendió un fuego, pero sirvió para guardar las cosas que no cabían en ningún otro lugar. Entre esos objetos, sin embargo, hay uno que destaca porque tiene un espacio junto a los libros que se encuentran frente a mi vieja cama, y ese el famoso Mimouse, nombre que usé por años para referirme a un peluche de Mickey Mouse que fue mi primer juguete y que ya me estaba esperando el día que mis papás salieron conmigo del hospital, envuelta en una chambrita tejida, con los pelos de la cabeza parados y los ojos rasgados. Sorprendentemente el peluche sigue enterito, me parece que alguna vez perdió su nariz pero la recuperó en una maravillosa operación quirúrgica realizada por mi mamá, o quizá mi abuela, ya no lo recuerdo.

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En alguna ocasión (debido a que yo solía llevarlo conmigo a todas partes) mi mamá decidió meterlo a la lavadora y colgarlo del tendedero por las orejas; me senté largo rato en la puerta de la cocina lamentándome porque al pobre Mimouse seguro le dolían las orejas por mantenerlo así colgado mientras se secaba al sol. Debió de haber sido una imagen muy graciosa, la vista de mi espalda en el escalón de la puerta, con los cachetes inflados descansando en mis manos, mientras observaba desde mi altura al ratón colgado del hilo del tendedero. Un objeto que sin duda forma parte importante en el tablero de mi vida.

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