Ejercicio8.2

 

Los soñadores de imágenes

La primera película que recuerdo haber visto en el cine fue “La Sirenita”. ¡Me impresionó tanto! La vastedad de las salas de entonces, el olor a dulces y palomitas, el ruido ensordecedor de las bocinas y la emoción de ver una historia en una pantalla gigante. El cine siempre me resultó fascinante, quizá por eso por muchos años creí que de grande me gustaría dedicarme a él. Aunque en el trayecto descubrí que mi camino no iba por ahí, el cine, las historias y sus personajes me siguen conmoviendo y sacudiendo del asiento. Por más Netflix que haya, jamás podrá igualarse con lo grandioso del rito de ir al cine.

Confieso que con todo lo que me gusta el séptimo arte, me falta mucha cultura para poder hablar de él con más conocimiento y perspectiva, pero con lo poco que sé lo disfruto muchísimo. Cuatro cineastas son para mí un eco y fuente de inspiración en la narrativa audiovisual:

  • Walt Disney, con su manera de llevarme a otros mundos desde niña. Ahora de grande reconozco aspectos de sus películas y filosofía que desapruebo, pero no dejo de pensar que era un visionario que incursionó en el arte de la animación y logró con éxito construir un legado. Era un soñador, y aterrizó sus sueños de una manera impresionante. De todas sus películas, la que más me impactó fue la de “Fantasía”, incomprendida en su época. A mí me gusta pensar en imágenes, por lo que cuando percibo el mundo a través de cualquiera de mis otros cuatro sentidos la vista siempre hace de las suyas, incluso con los ojos cerrados. Así, “Fantasía” para mí fue espectacular por la manera en que narraba en imágenes animadas lo que la música iba transmitiendo. Walt Disney deseaba que cada generación tuviera su propia “Fantasía”, con la música más representativa de su época. Es una lástima que no tuviera más continuación que la versión que se estrenó en el 2000. Ambas películas figuran en mi colección personal.

 

“Fantasía 2000”

  • Tim Burton, con sus personajes surrealistas y sus árboles retorcidos. El imaginario de Burton es uno de los más bellos en cuanto a estética audiovisual se refiere: la colorimetría saturada, la iluminación, el montaje, las figuras curveadas presentes en todas sus imágenes, y esos escenarios y protagonistas que bien podrían salir de un libro de Julio Verne, mezclado con tintes del cuentista Hans Christian Andersen y del oscuro Allan Poe. “El joven manos de tijera” aún me hace llorar; su visión de “Batman” es mi favorita de este personaje, que es mi superhéroe predilecto; y todavía siento escalofríos con las baladas de “Sweeney Todd”. Pero fue la película de “Big Fish” la que más me conmovió, (aunque no es mi obra favorita de él) por lo íntimamente reflejada que me vi en uno de sus personajes. En mi viejo apartamento de soltera resaltaba un enorme poster de su versión de “Alicia en el país de las maravillas”.
“El joven manos de tijeras”

 

  • Hayao Miyazaki, con sus animaciones que son una obra de arte. Las historias de Miyazaki conmueven al espectador de cualquier edad y lo conducen a un mundo mágico que resulta tan real que casi se puede palpar. Lo que hace del trabajo de Miyazaki tan admirable es su creatividad infantil, mezclada con una metodología profesional e historias cargadas de responsabilidad social: su técnica tradicional, combinada en los últimos años con el uso discreto y no exagerado de la tecnología moderna; su animación simple y delicada, llena de metáforas y simbolismo; los valores humanos y la importancia de proteger la naturaleza; la presencia de heroínas fuertes, decididas y audaces; y las constantes referencias a la mitología y arte japonés. Todo ello acompañado con frecuencia de la fuerza de la banda sonora de Joe Hisaishi, con quien lleva años trabajando. No hay película de Miyazaki que no me haya hecho llorar, pues aunque su narrativa es clásica (recurre a la técnica de “el viaje del héroe” que describe Joseph Campbell), es su manera particular de contar las historias lo que resalta. En cada una de sus películas el espacio y los personajes se moldean en un abrir y cerrar de ojos, los mundos reales y fantásticos se solapan como acto cotidiano y generan en la mente del público una imagen que, indudablemente, fascina y seduce. Mi colección de Miyazaki es uno de mis tesoros más preciados y el nombre de una de sus protagonistas más aguerridas lleva el nombre del arquetipo que rige una de las cuatro fases de mi ciclo lunar, “La Princesa Mononoke”.

 

“La Princesa Mononoke”

 

 

  • Steven Spielberg, con sus películas que honran el estilo del cine del Hollywood clásico con la mejor tecnología del momento: la música espectacular, la fotografía, las historias que sólo pueden ser o desgarradoras o ‘palomeras’, los efectos especiales y la magnífica dirección. Cuando estaba en la universidad lo elegí para presentar un proyecto en la clase de cine, haciendo un recorrido por su filmografía y compartiendo con la clase la película de “El imperio del sol”, que tanto me hizo llorar. El impacto de Spielberg me alcanzó desde niña, aquella tarde que mi mamá me mandó al otro cuarto mientras la escuchaba sollozar con “La lista de Schindler”; me pregunté qué historia podría moverla de esa manera, tan abrupta. Lo comprendí cuando vi la cinta muchos años después. Considero que varias de sus películas son lo mejor de la década de los ochenta. Mi esposo odia el cine de esta época, pero para mí es un gusto culposo. Hay algo en lo que sí tengo que culpar a Spielberg, y eso fue el miedo que empecé a tenerle a los dinosaurios a raíz de “Jurassic Park” (que la he visto mil veces). ¡En ese momento se acabó para siempre mi sueño de ser paleontóloga! Y los libros y juguetes de dinosaurios dejaron de figurar tanto en la habitación de mi infancia.

 

“La lista de Schindler”

 

Los tejedores de palabras

 

Me gusta mucho leer. Es un gusto que adquirí desde niña y que aprendí de mis padres. El primer libro que me leí completo de pequeña, por gusto, fue una recopilación de historias sobre la mitología griega. Después recuerdo haber llorado amargamente con “El llamado de la selva” y “Colmillo Blanco”, aunque creo que  no los terminé. No soy una lectora tan constante como me gustaría serlo, tampoco he leído tantas obras en mi vida. Hay épocas en las que me aparto por completo de los libros y suelo tardarme bastante en acabar uno, pero cuando me doy oportunidad de sumergirme en las páginas de un libro lo gozo enormemente.

Hay algunas autoras cuyo trabajo sigo a la distancia, pues sus ideas y estudios me inspiran en mi trabajo como mujer medicina. Las he mencionado anteriormente en otros escritos: Clarissa Pinkola Estés, autora de “Mujeres que corren con lobos”, que fue el parteaguas en mi camino hacia la sanación a través de los cuentos y el encuentro con mi mujer salvaje; Jean Shinoda Bolen, quien escribió “El millonésimo círculo” y “Las diosas de cada mujer”, cuyas ideas me han conducido a la medicina de los círculos de mujeres y el estudio de las diosas mitológicas como arquetipos representativos de la psique femenina; Miranda Gray, cuyo libro “Luna Roja” me motivó a certificarme con ella como terapeuta Moon Mother; y Marion Woodman, no he leído completo ninguno de sus libros, pero su visión del papel y el poder del sagrado femenino en la humanidad me mueve cada día a seguir creciendo y aprendiendo como mujer medicina.

Aparte de los libros que considero de estudio, hay dos novelas que me han marcado notablemente en mi vida: “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, y “La Casa de los Espíritus”, de Isabel Allende. Ambas novelas me movieron no sólo por la belleza de sus imágenes literarias, sino por la manera en que nos conducen a través de la historia de dos familias y todo su linaje. Soy fan de la ficción que nos lleva de la mano recorriendo generaciones y mezclando elementos del realismo mágico. Estas novelas siempre serán una fuente de inspiración.

@foxhomeent

Los ecos de la inspiración no tienen un origen único, aunque con frecuencia comparten la misma raíz, conectada directamente con la misión que cada persona eligió al venir a este plano y época. En mi caso, estas voces resuenan dentro y fuera de la familia, algunas provienen de lo profundo mi árbol genealógico, mientras que otras trascienden la sangre, la distancia y el tiempo. Mi mayor deseo es que el legado que proviene de mi trabajo, mis relaciones y mi persona, se convierta algún día en el eco de la inspiración para alguien más.

 

Mónica Elena Cárdenas Mejía – La Moccata

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