Ejercicio 10: “La morsa que deseaba escribir con ingenio”

Ejercicio10

¿De dónde sacaste que ‘una morsa’ es una cobija?

—Me preguntó en ese momento mi esposo ante el regalo que le estaba presentando, —“así se llaman en mi familia, ha sido así por años y creo que lo seguirá siendo para las próximas generaciones”. Hay palabras que con sólo escucharlas nos transportan a un estado de ánimo, un recuerdo o instante específico. Esta es la historia de tres palabras que, desde niña, han sacudido mi mundo por el significado que encierran.

Una morsa sin colmillos

Todas las familias tienen una tradición particular, pienso que la mía tiene varias, pero hay una actividad que mi abuela me enseñó, mi madre aprendió, y yo seguramente la dejaré como legado si alguna vez tengo una hija: la confección de una MORSA. En mi familia, ‘una morsa’ es una cobija con tela de peluche por un lado y tela polar o acolchada por el otro, una cobija hecha por una mujer del clan. Creo recordar (aunque bien pudiera ser un recuerdo hecho de retazos, por lo que no estoy del todo segura de su veracidad), que la tela polar que mi abuela compraba para el lado acolchado se llamaba foca… de ahí que la cobija adoptara el nombre de morsa.

 

giphy.com

Mi primera cobija fue una morsa azul hecha por mi abuela. Hoy me resulta tan pequeña que sólo me cubre el torso, pero durante años fue parte esencial de mi habitación. Mi mamá alguna vez hizo una para su suegra, mi abuelita, y uno de los primeros regalos que le di a mi esposo siendo aún adolescentes fue una morsa con diseños de balones de fútbol americano.

No es que quiera presumir, pero las morsas duran toda la vida y son muy sencillas de fabricar. “¡Pásele, marchante!”, casi escucho decir al tianguero, pero prometo que no estoy haciendo labor de venta. Permítanme que les explique cómo se hacen:

  1. Se cortan dos trazos de tela del mismo tamaño, uno de polar y otro de peluche.
  2. Se alinea un trazo sobre el otro, mostrando la cara del interior hacia afuera y se hilvanan a mano (si usted no sabe qué es hilvanar no le puedo ayudar, esto tampoco es un manual de costura). Recuerde, es muy importante dejar un espacio abierto por el cual no transita el hilo.
  3. Ahora hay que pasar la máquina de coser por el hilo hilvanado. Si cuenta con una máquina de coser profesional pudiera ser una de esas máquinas que cosen en zigzag y que se deshacen de la tela restante. Mi tía Elsa, la hermana de mi abuela que por años vivió a unos pasos en la calle de atrás, tenía una de estas máquinas, así que le pedí de favor que me dejara usarla el día que hice mi primera morsa. En fin, sin una de estas máquinas valdría la pena pasar el hilo un par de veces más.
  4. Cuando la cobija ya está toda cosida, salvo ese pequeño espacio que quedó abierto, viene la parte más divertida (y pesada, si eligió dos telas muy gruesas) y eso es voltear la cobija de adentro hacia afuera para que las caras del interior queden ocultas.
  5. Finalmente, hay que pasar la máquina por el espacio abierto, para cerrarlo. ¡Voila! Ahora usted tiene ‘una morsa’ que puede pasar de generación en generación.

Si alguna costurera profesional termina leyendo mi escrito me arrodillo de antemano y le pido una disculpa, habrá notado que mis instrucciones fueron muy pobres. Confieso que una morsa, un remiendo pequeño y una bastilla sencilla es lo único que sé hacer con un hilo.

Mi abuela vive en el norte de México en una ciudad donde el invierno puede alcanzar los cero grados por la noche, así que su casa aloja muchas frazadas. De todas ellas, la favorita siempre será su morsa personal, la que ha estado en su cama desde que tengo memoria. No hay nieto que no se haya escabullido alguna vez a robarse esta morsa mientras mi abuela no estaba viendo. En invierno es común entrar a la cocina y encontrar a mi abuela sentada en su sillón reclinable, viendo la tele con su morsa en las piernas. Esta cobija fue la que alguna vez sacamos al jardín mi abuela y yo para tener un picnic hace ya un par de décadas. Estoy segura de que si llego a tener una hija a la que le guste mantener la tradición, también le enseñaré a hacer una morsa.

 

Sin espacio para equivocarse

Mi memoria aloja otra palabra especial en el almacén de los recuerdos. No porque evoque una experiencia agradable sino porque saca a relucir lo peor de mí, esa parte de mi sombra que teme sentirse vulnerable y expuesta y que reacciona, como acto defensivo, sacando las garras y gruñendo. Se trata de la palabra TONTA.

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Ya he compartido antes que era una niña muy aplicada, de buenas calificaciones y bien portada. Pero en una ocasión quise evadir una tarea de la escuela que me resultaba muy aburrida, las eternas planas que nos hacían repetir una tras otra hasta que demostrábamos que ya sabíamos escribir. Había ideado una manera muy original, desde mi perspectiva claro está, de hacer trampa y de rellenar las planas con mayor rapidez. Esto me valió una tremenda reprimenda de mi mamá que, como maestra, claramente se había dado cuenta de que lo estaba haciendo mal. En ese momento me percaté de que no había sido nada ingeniosa, por el contrario, había sido muy ‘tonta’, y eso me había llevado a un resultado no deseado.

¿Cuál fue entonces mi conclusión, en mi “infinita sabiduría de cinco años” (palabras que usó alguna vez la exponente Josselyne Herman)?, que no podía ser tonta de nuevo, por tanto yo tenía que ser muy lista, y para ello no podría volverme a equivocar. ¡Qué escalofriante, ahora que lo pienso! Decretar a esa edad el no poderse equivocar. Por supuesto, este paradigma me ha acompañado desde entonces y ha sido la razón por la cual he tomado muchas decisiones en mi vida. Tampoco creo que haya sido todo malo, pues ha sido parte de mi fórmula ganadora el tratar de demostrar que no soy tonta, y ello me ha valido muchos logros personales y profesionales. Quizá por ello se me da de pronto el ser ingeniosa ante un obstáculo. El problema viene cuando nada es suficiente para comprobar que no soy lo que en principio no es más que una invención de “mi pequeña yo” de cinco años, que sacó una conclusión por miedo a una próxima reprimenda.

Ahora lo noto con mucha facilidad, pues he aprendido a identificarlo. En cuanto alguna situación o palabra me hace sentir ‘tonta’, mi cuerpo experimenta ciertos síntomas físicos: me da calor, siento un cosquilleo y la respiración se me va por un instante; es el momento previo a la reacción explosiva, a la rabia y a la respuesta non grata que me hace escupir lo que realmente no quiero decir, o me hiere profundamente atenazando una parte de mí. Antes explotaba con mayor facilidad, pero ahora que sé a qué se debe, ahora que reconozco que es una verdad ficticia, puedo decidir tomar el control de la situación: enojarme o no enojarme, reaccionar o no reaccionar, ser o no una víctima de la circunstancia. A veces gana la víctima, a veces la madurez emocional. Y en el camino sigo aprendiendo.

Un libro para la biblioteca

Una de las habitaciones que más me gustaba de la casa de mi infancia es el estudio que mis papás convirtieron en biblioteca. Llegó a albergar más de mil libros, pues mis papás siempre fueron lectores consumados y muchas veces prefirieron los libros por encima de otras cosas. Yo heredé el mismo gusto, aunque quizá en menor medida. ¡El reto siempre es darme el tiempo para leer! Soy lenta, ¡pero vaya que lo disfruto! Me di cuenta de que si no me doy estos permisos ahora, nunca me daré la oportunidad de disfrutar una actividad que amo.

@lobsterstudio

Como era de esperarse, la palabra LIBRO encierra muchísimos significados para mí. Un libro es tanto una familia, como un deseo, un anhelo y un objetivo. Sé que no puedo partir de esta vida sin haber publicado uno, así que aquí estoy, escribiendo y confesándome, un escrito a la vez.

Todos tenemos palabras que evocan memorias y rozan fibras sensibles en nuestro interior. Estas tres palabras han formado parte de mi vida desde la infancia y de alguna manera se han convertido en soportes en mi vida, representando tres aspectos de mi yo: la familia, la sombra y el deseo.

Pienso en algún título para este ejercicio en particular, no se me ocurre nada. De pronto viene a mí con facilidad y me saca unas cuantas sonrisas, cómplices de mi humor negro. Si yo mezclara esas tres palabras, buscando que la que tiene una connotación negativa muestre más bien su contrapartida asertiva, el resultado sería “la morsa que deseaba escribir con ingenio”. Ahí lo tiene usted, un título ha nacido, ¡y qué bien va conmigo!

Nada en el mundo tiene tanto poder como la palabra. A veces escribo una, la miro, y ella comienza a brillar.

– Emily Dickinson

Mónica Elena Cárdenas Mejía – La Moccata

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