Ejercicio 8, P1: “Los ecos de memorias que inspiran”

Ejercicio8

El hombre que vino del sol

Eran unos aventureros, él apenas tenía 14 años…

Comenzó narrando mi abuela mientras mi suegro y yo la escuchábamos atentos en la sala una noche que se sentó a nuestro lado a revivir recuerdos.

Hay personas que dejan una huella imborrable en nosotros, incluso si nunca llegamos a conocerlas, pues el eco de su trayecto nos acompaña en nuestro camino a través de su memoria, su ejemplo de vida o su trabajo. El abuelo Simón, como le decimos al papá de mi abuela Yoli, es una de esas personas para mí. Era un adolescente el día que él y su hermano se subieron a un barco en Japón a escondidas de su familia para partir rumbo a “América”, lo pongo así entre comillas porque me imagino que en aquél entonces la palabra significaba más que el nombre de un país o un continente, sin duda era incluso el epíteto de la persecución de los sueños y la esperanza. El abuelo Simón jamás volvió a su país natal, y como acertadamente dijo mi suegro, años después de su partida se vino la guerra, de manera que si él y su hermano no hubieran decidido marcharse aquel día él quizá no habría vivido lo suficiente para que una bisnieta suya, del otro lado del mundo, se atreviera a escribir una pequeña fracción de su historia.

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¡UY, TERAPIA, QUE MELLO!

miedoterapia

 

Me resulta curioso cómo todavía, hoy en día, el acudir a terapia sigue siendo tan estigmatizado por algunas personas. He visto, con algo de pena y tristeza, cómo hay quienes lo consideran una pérdida de tiempo y dinero. No todos resuenan con ello, eso me queda muy claro y hay que respetarlo. Pero hay que ser muy sinceros en cuanto a nuestra negativa. En esta sociedad del esfuerzo y la acción sin pausa hemos aprendido que pedir ayuda es una señal de debilidad, cuando en realidad se requiere de mucha humildad y valor para reconocer en qué momentos sentimos la necesidad de ser acompañados por alguien más en nuestros procesos personales. La terapia no es más que eso, un acompañamiento por parte de alguien que puede ver desde fuera una situación en la que nosotros estamos tan metidos que no podemos ver más allá de lo inmediato. No siempre podemos ser objetivos cuando se trata de nosotros.

Cuando alguien acude a las sesiones de wombblessing (mujeres) o el regalo (hombres) me gusta escuchar sus razones de por qué tomaron la decisión de hacerlo. La respuesta siempre tiene que ver con un anhelo que no se ha cumplido o algún aspecto con el que llevan trabajando ya mucho tiempo y para el cual necesitan una nueva perspectiva. ¿Y saben una cosa? Las y los sanadores también necesitamos este tipo de acompañamiento para poder contenernos a nosotros mismos y, desde ese lugar de la búsqueda de equilibrio, poder contener y estar para alguien más que acude a nosotros. No temas pedir apoyo, pedir una perspectiva, o un acompañamiento para tu propio proceso de sanación. Yo este viernes emprendo mi aventura con otra sanadora, para trabajar dos aspectos personales. Ya iré compartiendo el proceso. Peace out!

– Mónica Elena Cárdenas Mejía – La Moccata

Ejercicio 7: “La casa que habita en el interior del bosque”

Ejercicio7

Recientemente tuve una plática muy interesante con una amiga sobre la maternidad y lo que ésta puede significar para distintas mujeres. Ella comentaba que el legado más importante que puede dejar el ser humano para el mundo son los hijos… Al escuchar este argumento no pude más que hacer una mueca con los labios, respirar profundamente y diferir con respeto. Opiné que, para mí, el legado más importante es el impacto que generas en los demás a lo largo de tu vida, ya sea a través de tu trabajo, tu personalidad o tus relaciones. En caso de tener hijos, por supuesto que el legado más importante es el impacto que dejas en ellos, pues tu influencia tiene que ser la más significativa en sus vidas; pero si no tienes descendencia, ese impacto se transfiere a las demás relaciones y conexiones con las que vas generando sinergia en tu andar.

Hace poco más de una década descubrí que había estado recorriendo un camino hacia un objetivo en particular, y cuando llegó el momento de tomar una acción definitiva hacia esa meta entendí que se trataba de un sueño que ya no deseaba cumplir. Me sentí muy perdida. Me dio la impresión de haber estado caminando en círculos en un rincón del bosque de mi mente para darme cuenta de pronto de que esa zona ya no me pertenecía, era apenas una vieja extensión de mí que tenía que desprenderse para que yo cambiara de rumbo… y como cuando se pierde una brújula, no tenía idea de hacia dónde debía dar mi próximo paso. Me mantuve a la deriva por un par de años, cumpliendo mis obligaciones día tras día hasta que la vida me llevó a empezar de cero, una vez más, en una ciudad distinta y de la mano de mi pareja. Me tocaba escudriñar en el bosque de mi interior para emprender el camino de regreso a casa, a mí misma.

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Ejercicio 6: “Al tirar los dados”

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Cuando era niña disfrutaba los juegos de mesa. Recuerdo en particular el de “Serpientes y escaleras”, las “Damas chinas”, “Adivina quién” y otros tantos con los que me divertía por horas. Si mi vida fuera un tablero de estos juegos, ¿cómo sería? Sin duda, tendría forma de un mapa, como si se tratara de una búsqueda de un tesoro escondido con distintas piezas, dados de más de 7 caras y escenarios diversos. En este mapa de mi vida donde cada turno traería nuevas experiencias cada objeto del tablero tendría un particular significado, una historia y una enseñanza.

 

Si lo cuelgas así le dolerán las orejas

Tengo pocos objetos que recuerdo con especial cariño de mi infancia, no porque me haya desecho de ellos, sino porque la mayoría han quedado olvidados y dispersos en esos rincones que visito con poca frecuencia: el clóset de los cachivaches, el estudio de la casa de mi abuela, la esquina del librero que se ubica detrás de la cómoda de mi cuarto de adolescente y el hueco de la chimenea donde jamás se encendió un fuego, pero sirvió para guardar las cosas que no cabían en ningún otro lugar. Entre esos objetos, sin embargo, hay uno que destaca porque tiene un espacio junto a los libros que se encuentran frente a mi vieja cama, y ese el famoso Mimouse, nombre que usé por años para referirme a un peluche de Mickey Mouse que fue mi primer juguete y que ya me estaba esperando el día que mis papás salieron conmigo del hospital, envuelta en una chambrita tejida, con los pelos de la cabeza parados y los ojos rasgados. Sorprendentemente el peluche sigue enterito, me parece que alguna vez perdió su nariz pero la recuperó en una maravillosa operación quirúrgica realizada por mi mamá, o quizá mi abuela, ya no lo recuerdo.

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En alguna ocasión (debido a que yo solía llevarlo conmigo a todas partes) mi mamá decidió meterlo a la lavadora y colgarlo del tendedero por las orejas; me senté largo rato en la puerta de la cocina lamentándome porque al pobre Mimouse seguro le dolían las orejas por mantenerlo así colgado mientras se secaba al sol. Debió de haber sido una imagen muy graciosa, la vista de mi espalda en el escalón de la puerta, con los cachetes inflados descansando en mis manos, mientras observaba desde mi altura al ratón colgado del hilo del tendedero. Un objeto que sin duda forma parte importante en el tablero de mi vida.

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Ejercicio 5: “Cuerpo de mujer”

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Me gusta pensar que los espejos son ventanas a mundos lejanos, otras dimensiones desde donde una fracción de nosotros se asoma también, de vez en cuando, a vislumbrar lo que ocurre en esta parte del universo. Quizá más allá de la ficción el espejo es, sin duda, un acceso a nuestro propio mundo, nos refleja  cómo luce nuestro exterior y, en teoría, cómo se supone que nos ven los demás. ¿Pero es eso todo lo que muestra?

Solía pensar que cuando era niña nunca presté particular interés a mi aspecto, hasta que un día una prima me recordó que de pequeña me divertía combinando la ropa para ver cómo lucía. Por algunos años, al lado de la casa de mi papá hubo una pequeña tienda alojada en lo que alguna vez fue el hogar de una familia con influencias. Bajabas por unas pequeñas escaleras para llegar a un espacio que parecía sacado de un cuento de hadas, estaba lleno de muñecas, colores pasteles y crinolinas por todos lados, incluso recuerdo que los probadores daban la altura perfecta para que una niña se convirtiera en una princesa por unos instantes. Mi papá me compró en más de una ocasión un vestido en esta tienda. Tenían ese diseño que estaba de moda por aquel entonces: llegaban al tobillo, estaban cubiertos por capas de tela y holanes y daban la ilusión de que la portadora tenía la forma de un pastelito antropomorfo. Estos vestidos y en particular uno blanco de “Cenicienta” que me hizo mi abuela eran mi adoración.

Aparentemente era una niña muy femenina, aunque también me gustaba rodar por el jardín, ensuciarme las calcetas, jugar carreras con los Micro Machines, y estoy segura de que tenía la misma cantidad de figuras de dinosaurios que de muñecas. Y si había algo que realmente disfrutaba era sentarme al lado de mi papá en un enorme banco del que siempre colgaban mis pies, para que me bolearan los zapatos. Esto no se consideraba algo muy femenino, era un lujo más bien destinado a los hombres adultos, pero a mí me encantaba. A la fecha, si voy caminando sin prisa por la calle, y traigo unos zapatos que lo ameriten y me encuentro de pronto con un buen bolero en la esquina, me siento a revivir recuerdos.

No tengo muy claro a partir de qué edad comencé a renegar de mi feminidad, y entonces llegaron los pantalones de mezclilla, las botas estilo Safari, el cabello suelto y despeinado y un aspecto más bien masculino. Mi menarquía llegó a una edad muy temprana y odiaba que mis curvas femeninas sobresalieran. A los 9 y 10 años mis compañeras seguían teniendo cuerpos de niñas, mientras yo ya me contoneaba al caminar, y no por gusto, además de que mi complexión siempre fue más bien rellenita.

 

@emmadarvick, en Giphy

 

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Ejercicio 4, Parte final: “El compañero de vida”

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—¡¿Cómo sabes que la manzana es tu fruta favorita si no has probado otras frutas?! —Le dije desesperada, a lo que él me contestó—: Si saber a qué saben otras frutas significa que tengo que dejar la manzana, no me interesa…

Esta fue la respuesta que me dio mi esposo el día que intenté dar un golpe de estado a nuestra relación. Tienen que entender una cosa, en ambos lados de mi linaje ha habido divorcios e infidelidades, por tanto, yo esperaba que tarde o temprano la maldición familiar me alcanzara a mí también. Afortunadamente, me tocó un compañero lo suficientemente maduro como para evitar que saliera corriendo por miedo, cuando en lo profundo de mi alma anhelaba permanecer a su lado.

Mitrani y yo nos conocimos cuando teníamos 15 años, era un chico alto y flaco, encorvado, guapo, muy guapo y con una voz tímida que apenas alcanzaba a entender. No fue amor a primera vista, aunque quizá eso hubiera sido más romántico. De hecho, en esos años yo estaba leyendo «El Padrino» y estaba tan entusiasmada con la historia que terminé declarando que yo iba a terminar con un italiano, y al ser Mitrani de ascendencia italiana nuestra amiga Ariadna (quien más adelante se convirtió en nuestra cupido) bromeó que él estaba disponible a lo que yo contesté arrogantemente que sería el último con quien iba a terminar… mira nada más que bien me tragué mis palabras. Eventualmente nos gustamos y empezamos a salir.

Recuerdo que la primera vez que mi mamá fue a casa de Mitrani mi suegro le preguntó si le caía bien su hijo, “porque mis hijos se quedan”, le dijo con una seriedad que dejó a mi mamá sin muchas palabras. Estaba en lo cierto, sus dos hijos varones están casados con sus novias de prepa, mientras que su hija se casó con su novio de secundaria.

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Ejercicio 4, Parte 3: “Las cómplices y la manada”

Ejercicio4.3

Las cómplices de la manada de varias vidas

La intuición nunca se equivoca

Esta frase la comenta Bere cuando ha descubierto, una vez más, que la voz de sus entrañas está en lo correcto. Conocí a Bere cuando ambas teníamos 11 años. Jamás olvidaré cómo fue la única niña que me miró sonriendo en el salón de clases cuando llegué a mediados del ciclo escolar. Tenía una carita de porcelana, la más blanca que yo había visto, el cabello largo y recogido en una liga de colores y unos lentes por los que apenas se alcanzaban a vislumbrar unos pequeños ojos jalados. Naturalmente, nos hicimos amigas. Cursamos juntas el resto de la primaria, la secundaria y la preparatoria. Y como sucede a menudo entre los jóvenes, hubo una época en la que nos distanciamos un poco, para reencontrarnos más adelante. Cuando llegué a la Ciudad de México ella fue mi cómplice y mi maestra, mostrándome cómo hay que moverse en esta selva urbana y cómo una puede aprender a disfrutar esta ciudad policromática y demandante. “Ya es toda una chilanga”, recuerdo que pensé alguna vez, lo digo con todo el cariño y respeto a los lectores procedentes de esta ciudad.

Bere y yo compartimos muchas aficiones: tenemos un gusto culposo por Japón y su cultura, y cuando mi esposo sale de viaje las dos nos encerramos con todo y su gata a ver series orientales y comer comida chatarra. Es un permiso que nos damos para practicar la “procrastinación productiva”, o como ella dice, il dolce far niente (no hacer nada).

Siempre estaré muy agradecida con Bere porque fue ella quien me motivó a certificarme como Moon Mother con la maestra Miranda Gray. Llevaba años con la inquietud y muchas excusas, hasta que ella decidió hacerlo y la fortuna o las causalidades permitieron que yo tuviera la oportunidad de participar en el mismo curso con ella. Desde entonces, hemos estado recorriendo ese camino juntas, y próximamente obtendremos nuestra certificación nivel 3 para seguir avanzando y ofreciendo nuestra medicina en eventos a los que llegan mujeres de todas diversas edades e historias.

Escuchar hablar a Bere siempre es una delicia, pues tiene la sabiduría de una abuela curandera en la piel de una niña, que sigue siendo tan blanca como la primera vez que la vi. En verdad, es una brujota.

Alguna vez empezamos a ver juntas la serie de «Grace and Frankie», sobre dos mujeres que se vuelven amigas en su vejez. Yo sé que en algún momento la vida nos llevará por caminos distintos y entonces, como dice una de las protagonistas de la serie, “se irá mi Frankie”. No me queda duda de que volveremos a coincidir.

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