Ejercicio 4, Parte final: “El compañero de vida”

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—¡¿Cómo sabes que la manzana es tu fruta favorita si no has probado otras frutas?! —Le dije desesperada, a lo que él me contestó—: Si saber a qué saben otras frutas significa que tengo que dejar la manzana, no me interesa…

Esta fue la respuesta que me dio mi esposo el día que intenté dar un golpe de estado a nuestra relación. Tienen que entender una cosa, en ambos lados de mi linaje ha habido divorcios e infidelidades, por tanto, yo esperaba que tarde o temprano la maldición familiar me alcanzara a mí también. Afortunadamente, me tocó un compañero lo suficientemente maduro como para evitar que saliera corriendo por miedo, cuando en lo profundo de mi alma anhelaba permanecer a su lado.

Mitrani y yo nos conocimos cuando teníamos 15 años, era un chico alto y flaco, encorvado, guapo, muy guapo y con una voz tímida que apenas alcanzaba a entender. No fue amor a primera vista, aunque quizá eso hubiera sido más romántico. De hecho, en esos años yo estaba leyendo «El Padrino» y estaba tan entusiasmada con la historia que terminé declarando que yo iba a terminar con un italiano, y al ser Mitrani de ascendencia italiana nuestra amiga Ariadna (quien más adelante se convirtió en nuestra cupido) bromeó que él estaba disponible a lo que yo contesté arrogantemente que sería el último con quien iba a terminar… mira nada más que bien me tragué mis palabras. Eventualmente nos gustamos y empezamos a salir.

Recuerdo que la primera vez que mi mamá fue a casa de Mitrani mi suegro le preguntó si le caía bien su hijo, “porque mis hijos se quedan”, le dijo con una seriedad que dejó a mi mamá sin muchas palabras. Estaba en lo cierto, sus dos hijos varones están casados con sus novias de prepa, mientras que su hija se casó con su novio de secundaria.

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Ejercicio 2 – “La cobija de crochet y el árbol frondoso”

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Mi familia materna es un matriarcado, me parece que lo ha sido por algunas generaciones; me quedó muy claro desde niña aun sin conocer el concepto, sobre todo el día que me enteré que mi bisabuela defendió su rancho de los agraristas a punto de escopeta. Todavía, a su avanzada edad, se despertaba de pronto en las noches gritando:

¡Tráiganme mi escopeta que ya vienen los agraristas!

Aunque al final la familia perdió su rancho, la bravía de mi Aby jamás quedó en tela de juicio. Era de esperarse entonces que las mujeres de su clan desempeñaran un papel fundamental en las próximas generaciones. De modo que tampoco sorprende que yo lleve el nombre de dos mujeres importantes en la vida de mi mamá, incluso cuando una de ellas no procede de la línea materna: Mónica y Elena, ‘la buscadora’ y ‘la maestra viajera’.

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Ejercicio 1 – “Temporada de caza: El hambre por crear”

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Está ahí nuevamente, lo sé, lo siento, ha vuelto. El anhelo por ese algo más que no sé del todo cómo describir pero que se siente con fuerza. Esa hambre por crear de manera constante, no sólo de vez en cuando, no sólo cuando tenga tiempo, no sólo cuando el trabajo lo permita, sino cada que el alma lo necesite, de manera fluida, y de ser posible, incluso cada día.

Me encuentro en ese estado similar al que se experimenta unos minutos antes de que uno decide salir de la cama por la mañana: medio dormida, medio despierta; con los ojos semiabiertos, quizá con algo de ganas de quedarme un ratito más en esa comodidad envuelta en las sábanas, teniendo un monólogo en mi cabeza sobre la enorme (o no tan enorme) lista de pendientes por completar en el día.

Me encuentro en ese estado en el que sé muy bien lo que me toca hacer para seguir ese anhelo por crear, por escribir, por tejer historias… pero no tengo muy claro cómo empezar. Mi energía masculina me pide un manual, mientras la femenina me invita a dejarme sentir, soltar el control y fluir.

Quizá sólo me haga falta un fuerte empuje para salir de esa cama de un brinco, sin caer estrepitosamente y rodar por el suelo. Aunque de vez en cuando es necesario estrellarme, con o sin gracia.

Cada cierto tiempo experimento esta hambre, por lo general, cuando el trabajo me ha envuelto de tal manera que me siento muy cansada, o cuando pierdo la claridad respecto a qué camino tomar en el frondoso bosque de posibilidades. Como las mareas, que suben y bajan; como la naturaleza y sus estaciones; como mi naturaleza cíclica que de pronto me lleva al mundo exterior, para luego invitarme de nuevo a ir hacia adentro, así de pronto esta hambre regresa. Y como lo señala Clarissa Pinkola y lo he expresado en más de una ocasión, cuando tengo hambre «como lo que sea». Como procrastinación o exceso de trabajo, como ira o nostalgia, como demasiado enfoque o demasiada ensoñación, como distracciones perennes y excusas. Y en este momento de mi vida, en este incesante desvarío me queda claro una cosa: la loba dentro de mí, «con su enorme y peluda cola salvaje», tiene hambre.

Comienza oficialmente la temporada de caza.

La Moccata

Ejercicio 1 del  Taller Virtual DEMAC Talladoras de palabras

“Hemos olvidado cantar por gusto”

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¿Por qué nos sorprende tanto cuando escuchamos a la gente cantar en la calle por gusto? Hace un par de días salí a hacer varios mandados, y como la verdad andaba de buen humor estuve canturreando y tarareando mientras iba de un pendiente a otro. Noté que muchas personas me miraban extrañadas; a algunas les saqué una que otra sonrisa, mientras que otras me veían como si fuera un bicho raro. Y cuando fui por un café el chico que me atendió me preguntó “¿estás enamorada verdad?”, a lo que contesté:
 
Estoy de buen humor y es un buen día
 
No debería de asombrarnos, no debería de ser algo ‘fuera de lo ordinario’. Creo que si nos extraña un poco es porque hemos olvidado cantar por gusto, y la importancia que este sencillo acto tiene para nuestra alma.
 
Cantar por disfrute; cantar para aliviar el dolor; cantar para acompañar una ceremonia, un rezo, una celebración; cantar para despedir a nuestros muertos; ¡cantar porque nos da la gana!; cantar para platicar con Dios/Diosa/ Gran Espíritu/ Pachamama/ Universo, o como quieras llamarle.
 
Cantar es expresarnos, es darle una voz y un sonido a las emociones y sensaciones que experimentamos, es ¡honrar nuestra alma y darle un lugar en el mundo físico!
 
De chica cantaba mucho más que ahora, todo el tiempo, incluso llegaron a llamarme la atención en la primaria, porque “no era un lugar para cantar”.
 
Yo digo que necesitamos reconectar con el gusto del canto, independientemente de si cantamos o no “bonito”. Al final y al cabo, siempre tendremos la regadera para sacar al Pavaroti o Fredy mercury que llevamos dentro 😁
 
Tú, ¿cuándo fue la última vez que cantaste con gusto y sin pena?
 
Con amor,
La Moccata, cantando a pulmón incluso en mi post-operatorio 🎤🎼.

“Escucho historias de amor… gratis”

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Me topé con una foto en el muro de Ana Romero, quien a su vez la compartió de alguien más. La foto mostraba a un joven hablándole a un señor mayor en la calle. El señor tenía un letrero donde se leía:

Escucho historias de amor… gratis

Me pareció sumamente conmovedora: él, prestando su tiempo y atención para escuchar a alguien más narrarle su historia de amor.

Me pongo a pensar ¿qué tanto hemos perdido esta capacidad de escucha y atención? ¿Qué tanto hemos perdido el gozo de estar para alguien más?

Hace poco platicaba con una amiga de cómo, cuando era más joven, mucha gente solía acercarse o sentarse a mi lado para contarme su historia. Me pasaba sobre todo en el camión y en el avión. Me pasaba aunque era una adolescente y la gente me abría su corazón sin conocerme. Luego llegaron los “reproductores musicales portátiles” (esos que ya ni existen porque fueron reemplazados por el celular), y entonces comencé a cubrir las orejas (y la mente/corazón) con música, para poder tener “un momento para mí”.

Reconozco que de pronto era cansado, escuchar todas esas historias, sobre todo porque pienso que soy de esas personas empáticas y sensibles… pero era un intercambio de experiencias.

Esa imagen no debería de sorprenderme, pero lo hace, porque en el fondo reconozco que, al menos yo, he perdido un poco esa capacidad de estar presente. La he perdido porque es muy fácil que la mente se ponga a danzar en miles de pensamientos en lugar de escuchar. Ahora me tengo que “concentrar”. Y lo noto cuando:

  • “Hablo” con alguien por teléfono mientras sigo trabajando en la computadora.
  • “Escucho” a la persona a mi lado mientras mando un mensaje por el celular.
  • Olvido al poco tiempo lo que alguien más me compartió.
  • Tengo la mirada perdida mientras alguien me expone su corazón.

¡Y así muchos otros ejemplos! No sucede siempre, pero definitivamente sucede.

Así que quizá sea tiempo de volver a estar más para los demás, pues en realidad no hay nada tan íntimo como compartir tu tiempo y presencia. Es tiempo de quitarme los audífonos para “realmente estar y escuchar”.

– La Moccata

Reflexión de la semana: No juzguez, no te juzguez, sólo observa

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Sin importar lo que digan los demás, sin el deseo de cumplir expectativas ajenas y sin miedo a la posibilidad de tu crecimiento… encuéntrate a ti mismo y enfréntate a tu oscuridad en la profundidad del silencio interno.
 
Un mantra que surgió a raíz de mi experiencia en el retiro #vipasana. Conoce esta historia leyendo mi “Crónica del Retiro Vipassana, 10 días de silencio y meditación… ¿Te animarías?”
 
La Moccata

El camino eres tú

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¿Cómo es tu transitar por esta vida? A final de cuentas, el viaje es hacia adentro.

La Moccata