Contra la “maldición familiar”: sanar el linaje

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Sucede muchas veces, que de pronto vemos un patrón familiar que se repite, generación tras generación. No siempre lo identificamos, y cuando somos capaces de verlo nos damos cuenta de que lo llevamos impreso como si se tratara de un contrato invisible, un guión del cual nos cuesta trabajo salir, aún si se trata de algo que no queremos para nosotras mismas. Algunas veces podemos incluso sentirnos culpables si “nos desviamos” de aquello que esperan de nosotras, o tomamos decisiones distintas a las del clan.

Las mujeres cargamos con muchos recuerdos (propios y ajenos) en nuestros úteros, esa parte de nosotras a la que llamamos “caldero” donde todo se gesta y todo se guarda. ¿Pero qué sucede cuando se toma una decisión consciente de sanar el linaje? Se pueden comenzar a desenredar esos viejos hilos tejidos que ya no queremos que formen parte de nuestro telar. La Wombblessing® (Bendición de útero) nos ayuda en ese proceso, pues al sanar la herida y/o el contrato desde raíz, podemos elegir trazar nuestro propio camino. ¿Estás lista para sanar?

Mónica Elena Cárdenas Mejía – La Moccata, Mujer Medicina

Ejercicio 10: “La morsa que deseaba escribir con ingenio”

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¿De dónde sacaste que ‘una morsa’ es una cobija?

—Me preguntó en ese momento mi esposo ante el regalo que le estaba presentando, —“así se llaman en mi familia, ha sido así por años y creo que lo seguirá siendo para las próximas generaciones”. Hay palabras que con sólo escucharlas nos transportan a un estado de ánimo, un recuerdo o instante específico. Esta es la historia de tres palabras que, desde niña, han sacudido mi mundo por el significado que encierran.

Una morsa sin colmillos

Todas las familias tienen una tradición particular, pienso que la mía tiene varias, pero hay una actividad que mi abuela me enseñó, mi madre aprendió, y yo seguramente la dejaré como legado si alguna vez tengo una hija: la confección de una MORSA. En mi familia, ‘una morsa’ es una cobija con tela de peluche por un lado y tela polar o acolchada por el otro, una cobija hecha por una mujer del clan. Creo recordar (aunque bien pudiera ser un recuerdo hecho de retazos, por lo que no estoy del todo segura de su veracidad), que la tela polar que mi abuela compraba para el lado acolchado se llamaba foca… de ahí que la cobija adoptara el nombre de morsa.

 

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Ejercicio 8, P1: “Los ecos de memorias que inspiran”

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El hombre que vino del sol

Eran unos aventureros, él apenas tenía 14 años…

Comenzó narrando mi abuela mientras mi suegro y yo la escuchábamos atentos en la sala una noche que se sentó a nuestro lado a revivir recuerdos.

Hay personas que dejan una huella imborrable en nosotros, incluso si nunca llegamos a conocerlas, pues el eco de su trayecto nos acompaña en nuestro camino a través de su memoria, su ejemplo de vida o su trabajo. El abuelo Simón, como le decimos al papá de mi abuela Yoli, es una de esas personas para mí. Era un adolescente el día que él y su hermano se subieron a un barco en Japón a escondidas de su familia para partir rumbo a “América”, lo pongo así entre comillas porque me imagino que en aquél entonces la palabra significaba más que el nombre de un país o un continente, sin duda era incluso el epíteto de la persecución de los sueños y la esperanza. El abuelo Simón jamás volvió a su país natal, y como acertadamente dijo mi suegro, años después de su partida se vino la guerra, de manera que si él y su hermano no hubieran decidido marcharse aquel día él quizá no habría vivido lo suficiente para que una bisnieta suya, del otro lado del mundo, se atreviera a escribir una pequeña fracción de su historia.

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Ejercicio 6: “Al tirar los dados”

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Cuando era niña disfrutaba los juegos de mesa. Recuerdo en particular el de “Serpientes y escaleras”, las “Damas chinas”, “Adivina quién” y otros tantos con los que me divertía por horas. Si mi vida fuera un tablero de estos juegos, ¿cómo sería? Sin duda, tendría forma de un mapa, como si se tratara de una búsqueda de un tesoro escondido con distintas piezas, dados de más de 7 caras y escenarios diversos. En este mapa de mi vida donde cada turno traería nuevas experiencias cada objeto del tablero tendría un particular significado, una historia y una enseñanza.

 

Si lo cuelgas así le dolerán las orejas

Tengo pocos objetos que recuerdo con especial cariño de mi infancia, no porque me haya desecho de ellos, sino porque la mayoría han quedado olvidados y dispersos en esos rincones que visito con poca frecuencia: el clóset de los cachivaches, el estudio de la casa de mi abuela, la esquina del librero que se ubica detrás de la cómoda de mi cuarto de adolescente y el hueco de la chimenea donde jamás se encendió un fuego, pero sirvió para guardar las cosas que no cabían en ningún otro lugar. Entre esos objetos, sin embargo, hay uno que destaca porque tiene un espacio junto a los libros que se encuentran frente a mi vieja cama, y ese el famoso Mimouse, nombre que usé por años para referirme a un peluche de Mickey Mouse que fue mi primer juguete y que ya me estaba esperando el día que mis papás salieron conmigo del hospital, envuelta en una chambrita tejida, con los pelos de la cabeza parados y los ojos rasgados. Sorprendentemente el peluche sigue enterito, me parece que alguna vez perdió su nariz pero la recuperó en una maravillosa operación quirúrgica realizada por mi mamá, o quizá mi abuela, ya no lo recuerdo.

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En alguna ocasión (debido a que yo solía llevarlo conmigo a todas partes) mi mamá decidió meterlo a la lavadora y colgarlo del tendedero por las orejas; me senté largo rato en la puerta de la cocina lamentándome porque al pobre Mimouse seguro le dolían las orejas por mantenerlo así colgado mientras se secaba al sol. Debió de haber sido una imagen muy graciosa, la vista de mi espalda en el escalón de la puerta, con los cachetes inflados descansando en mis manos, mientras observaba desde mi altura al ratón colgado del hilo del tendedero. Un objeto que sin duda forma parte importante en el tablero de mi vida.

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Ejercicio 4, Parte final: “El compañero de vida”

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—¡¿Cómo sabes que la manzana es tu fruta favorita si no has probado otras frutas?! —Le dije desesperada, a lo que él me contestó—: Si saber a qué saben otras frutas significa que tengo que dejar la manzana, no me interesa…

Esta fue la respuesta que me dio mi esposo el día que intenté dar un golpe de estado a nuestra relación. Tienen que entender una cosa, en ambos lados de mi linaje ha habido divorcios e infidelidades, por tanto, yo esperaba que tarde o temprano la maldición familiar me alcanzara a mí también. Afortunadamente, me tocó un compañero lo suficientemente maduro como para evitar que saliera corriendo por miedo, cuando en lo profundo de mi alma anhelaba permanecer a su lado.

Mitrani y yo nos conocimos cuando teníamos 15 años, era un chico alto y flaco, encorvado, guapo, muy guapo y con una voz tímida que apenas alcanzaba a entender. No fue amor a primera vista, aunque quizá eso hubiera sido más romántico. De hecho, en esos años yo estaba leyendo «El Padrino» y estaba tan entusiasmada con la historia que terminé declarando que yo iba a terminar con un italiano, y al ser Mitrani de ascendencia italiana nuestra amiga Ariadna (quien más adelante se convirtió en nuestra cupido) bromeó que él estaba disponible a lo que yo contesté arrogantemente que sería el último con quien iba a terminar… mira nada más que bien me tragué mis palabras. Eventualmente nos gustamos y empezamos a salir.

Recuerdo que la primera vez que mi mamá fue a casa de Mitrani mi suegro le preguntó si le caía bien su hijo, “porque mis hijos se quedan”, le dijo con una seriedad que dejó a mi mamá sin muchas palabras. Estaba en lo cierto, sus dos hijos varones están casados con sus novias de prepa, mientras que su hija se casó con su novio de secundaria.

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