Hoy, más que nunca, agradezo ser Moon Mother® y Mujer Medicina

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Lo confieso, yo también estoy nerviosa y preocupada por lo que está sucediendo en mi país y en el mundo. Me apuran sobre todo las personas a las que amo, mi esposo que aún tiene que salir a la calle a trabajar, la gente mayor y quienes son más vulnerables. Reconozco que quedarme en casa es lo mejor, para mi familia y para la comunidad. Pero me pregunto qué hará Doña Ofelia, a quien le compro quesadillas y café, cuando no tenga clientes y no pueda pagar la renta. Me pregunto qué hará el viejito de los abarrotes, que acaba de emprender otro negocio, tras cerrar el que lo sostuvo durante más de 40 años. Qué hará la pareja mayor de la papelería en donde imprimo los materiales para las sesiones con mis pacientes.

Y entre tanta preocupación, hago un espacio para volver a mí, para reconocer quién soy y lo que puedo hacer desde casa para ayudar a traer amor y compasión al mundo en este momento, mientras protejo la economía familiar de mi hogar para sostenernos en este tiempo de ‘guardado’. Al inicio de este año pasé por una prueba muy difícil, una que me llevó a reconocer mi camino y las herramientas de las que dispongo y de las que sigo aprendiendo.

No lo sabía entonces, pero hace 10 años que me encontraba en una etapa de mucha confusión inicié un camino hacia mi propia sanación, para, desde el trabajo constante de la búsqueda y el aprendizaje, acompañar eventualmente a otras personas en sus propios procesos de sanación.

Hace unas semanas recibí el nivel 3 de Moon Mother®, así como el papel de Moon Mother® Mentor por la maestra Miranda Gray, ¿eso qué quiere decir? ¡Que ahora dispongo de más herramientas para trabajar conmigo misma y con las personas que acuden a mí! Quiere decir que puedo compartir más de lo que he recibido, de lo que he experienciado en mí misma, de lo que he visto que me funciona a mí, y a quienes acuden a mi consulta o sesiones grupales. No estoy aquí para enseñarle a nadie cómo vivir su vida, sólo compartir mi experiencia, que es todo.

¡Hoy, más que nunca, agradezco ser Moon Mother ® y Mujer Medicina! Para recordarme que tengo lo necesario para enfrentar esta situación, con amor y compasión, hacia mí misma y hacia los demás, para ir adentro, ir a casa y compartir desde ahí lo que tengo y puedo ofrecer.

Recordarme sobre todo que, en momentos en que se asome la angustia y el miedo, sólo tengo que pausar, respirar, estar presente, apoyarme de quienes amo, compartir, hacer uso de las herramientas, y seguirle dando, que detrás de todo esto hay mucho, muchísimo aprendizaje, para todos. Como dice Naoko Takeuchi, en su obra más famosa:

I beg you star in my heart, please keep shining. Give me strength.

A partir de la siguiente semana estaré ofreciendo sesiones en línea (a un costo menor al habitual) a quien necesite acompañamiento en este momento. Mándame un correo a lamoccata@gmail.com si tienes dudas o si deseas agendar una sesión.

Visita mi post “¿Qué puedo ofrecerte como Moon Mother a distancia en estos momentos de ‘guardado’?” para que conozcas las distintas sesiones y medicinas.

En la imagen, recostada en el espacio que las Moon Sisters nos adecuaron como Santuario, para descansar mientras integrábamos el trabajo de los 4 intensos días de talleres. ¡Gracias infinitas!

Foto por la talentosa Elke Dona-Dio, gracias por tu vibrante energía que nunca paró de emitir luz y dinamismo durante el tiempo que compartimos.

Con amor, La Moccata, Moon Mother® N3 y Mentora, Mujer Medicina

Ejercicio 9: “Soñar que sueño despierta”

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El deseo es el esfuerzo de una posibilidad que quiere manifestarse.
– Gaby Vargas

Me parece que tenía unos cinco o seis años por aquel entonces, cuando mi respuesta a la típica pregunta de qué quería ser de grande era “cantante”. Me veía a mí misma con el cabello cobrizo y ondulado, en un entallado vestido rojo, cantando al ritmo del soul jazz frente a un escenario, mientras un hombre galante tocaba el piano a mi lado. Supongo que vi una escena similar en alguna película situada en el Hollywood de los cuarenta… o quizá me impresioné demasiado con el personaje de Jessica Rabbit, no lo sé.

Mis sueños o deseos no siempre se han mantenido estáticos, sino que han ido evolucionando conmigo. Desde cantante y actriz, pasando por paleontóloga e incluso abogada criminalista y cineasta, por mi mente pasaron muchas ideas acerca de lo que soñaba con ser de grande. Quizá nunca me imaginé que terminaría haciendo lo que hago hoy en día, aunque responde por completo al llamado que sentí desde pequeña, y que encontró su eco en distintas actividades hasta llegar a mi profesión actual. Me resulta muy curioso que permanezca en la búsqueda, después de haberme jactado por diez años de tener la total certeza de a qué me dedicaría y cómo recorrería mi camino; pero en un juego de azar los dados no siempre caen en el número esperado, pues presentan varias posibilidades, y es justo por eso que el juego resulta tan atractivo.

En este mundo de infinitas opciones uno siempre persigue y se encuentra con lo que resuena, una y otra vez, hasta que completamos la lección y toca avanzar de grado. Una colega compartía hace unos meses que venimos a este mundo a experimentar una emoción o vivencia específica, y mientras el ciclo permanezca incompleto iremos danzando de una vida a otra, de una situación a otra, hasta que el alma haya completado su misión inicial. Quizá en ello radican los deseos, anhelos y sueños que perseguimos.

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Ejercicio 6: “Al tirar los dados”

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Cuando era niña disfrutaba los juegos de mesa. Recuerdo en particular el de “Serpientes y escaleras”, las “Damas chinas”, “Adivina quién” y otros tantos con los que me divertía por horas. Si mi vida fuera un tablero de estos juegos, ¿cómo sería? Sin duda, tendría forma de un mapa, como si se tratara de una búsqueda de un tesoro escondido con distintas piezas, dados de más de 7 caras y escenarios diversos. En este mapa de mi vida donde cada turno traería nuevas experiencias cada objeto del tablero tendría un particular significado, una historia y una enseñanza.

 

Si lo cuelgas así le dolerán las orejas

Tengo pocos objetos que recuerdo con especial cariño de mi infancia, no porque me haya desecho de ellos, sino porque la mayoría han quedado olvidados y dispersos en esos rincones que visito con poca frecuencia: el clóset de los cachivaches, el estudio de la casa de mi abuela, la esquina del librero que se ubica detrás de la cómoda de mi cuarto de adolescente y el hueco de la chimenea donde jamás se encendió un fuego, pero sirvió para guardar las cosas que no cabían en ningún otro lugar. Entre esos objetos, sin embargo, hay uno que destaca porque tiene un espacio junto a los libros que se encuentran frente a mi vieja cama, y ese el famoso Mimouse, nombre que usé por años para referirme a un peluche de Mickey Mouse que fue mi primer juguete y que ya me estaba esperando el día que mis papás salieron conmigo del hospital, envuelta en una chambrita tejida, con los pelos de la cabeza parados y los ojos rasgados. Sorprendentemente el peluche sigue enterito, me parece que alguna vez perdió su nariz pero la recuperó en una maravillosa operación quirúrgica realizada por mi mamá, o quizá mi abuela, ya no lo recuerdo.

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En alguna ocasión (debido a que yo solía llevarlo conmigo a todas partes) mi mamá decidió meterlo a la lavadora y colgarlo del tendedero por las orejas; me senté largo rato en la puerta de la cocina lamentándome porque al pobre Mimouse seguro le dolían las orejas por mantenerlo así colgado mientras se secaba al sol. Debió de haber sido una imagen muy graciosa, la vista de mi espalda en el escalón de la puerta, con los cachetes inflados descansando en mis manos, mientras observaba desde mi altura al ratón colgado del hilo del tendedero. Un objeto que sin duda forma parte importante en el tablero de mi vida.

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A veces para cosechar, hay que espinarse las manos

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