“Hemos olvidado cantar por gusto”

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¿Por qué nos sorprende tanto cuando escuchamos a la gente cantar en la calle por gusto? Hace un par de días salí a hacer varios mandados, y como la verdad andaba de buen humor estuve canturreando y tarareando mientras iba de un pendiente a otro. Noté que muchas personas me miraban extrañadas; a algunas les saqué una que otra sonrisa, mientras que otras me veían como si fuera un bicho raro. Y cuando fui por un café el chico que me atendió me preguntó “¿estás enamorada verdad?”, a lo que contesté:
 
Estoy de buen humor y es un buen día
 
No debería de asombrarnos, no debería de ser algo ‘fuera de lo ordinario’. Creo que si nos extraña un poco es porque hemos olvidado cantar por gusto, y la importancia que este sencillo acto tiene para nuestra alma.
 
Cantar por disfrute; cantar para aliviar el dolor; cantar para acompañar una ceremonia, un rezo, una celebración; cantar para despedir a nuestros muertos; ¡cantar porque nos da la gana!; cantar para platicar con Dios/Diosa/ Gran Espíritu/ Pachamama/ Universo, o como quieras llamarle.
 
Cantar es expresarnos, es darle una voz y un sonido a las emociones y sensaciones que experimentamos, es ¡honrar nuestra alma y darle un lugar en el mundo físico!
 
De chica cantaba mucho más que ahora, todo el tiempo, incluso llegaron a llamarme la atención en la primaria, porque “no era un lugar para cantar”.
 
Yo digo que necesitamos reconectar con el gusto del canto, independientemente de si cantamos o no “bonito”. Al final y al cabo, siempre tendremos la regadera para sacar al Pavaroti o Fredy mercury que llevamos dentro 😁
 
Tú, ¿cuándo fue la última vez que cantaste con gusto y sin pena?
 
Con amor,
La Moccata, cantando a pulmón incluso en mi post-operatorio 🎤🎼.
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“Escucho historias de amor… gratis”

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Me topé con una foto en el muro de Ana Romero, quien a su vez la compartió de alguien más. La foto mostraba a un joven hablándole a un señor mayor en la calle. El señor tenía un letrero donde se leía:

Escucho historias de amor… gratis

Me pareció sumamente conmovedora: él, prestando su tiempo y atención para escuchar a alguien más narrarle su historia de amor.

Me pongo a pensar ¿qué tanto hemos perdido esta capacidad de escucha y atención? ¿Qué tanto hemos perdido el gozo de estar para alguien más?

Hace poco platicaba con una amiga de cómo, cuando era más joven, mucha gente solía acercarse o sentarse a mi lado para contarme su historia. Me pasaba sobre todo en el camión y en el avión. Me pasaba aunque era una adolescente y la gente me abría su corazón sin conocerme. Luego llegaron los “reproductores musicales portátiles” (esos que ya ni existen porque fueron reemplazados por el celular), y entonces comencé a cubrir las orejas (y la mente/corazón) con música, para poder tener “un momento para mí”.

Reconozco que de pronto era cansado, escuchar todas esas historias, sobre todo porque pienso que soy de esas personas empáticas y sensibles… pero era un intercambio de experiencias.

Esa imagen no debería de sorprenderme, pero lo hace, porque en el fondo reconozco que, al menos yo, he perdido un poco esa capacidad de estar presente. La he perdido porque es muy fácil que la mente se ponga a danzar en miles de pensamientos en lugar de escuchar. Ahora me tengo que “concentrar”. Y lo noto cuando:

  • “Hablo” con alguien por teléfono mientras sigo trabajando en la computadora.
  • “Escucho” a la persona a mi lado mientras mando un mensaje por el celular.
  • Olvido al poco tiempo lo que alguien más me compartió.
  • Tengo la mirada perdida mientras alguien me expone su corazón.

¡Y así muchos otros ejemplos! No sucede siempre, pero definitivamente sucede.

Así que quizá sea tiempo de volver a estar más para los demás, pues en realidad no hay nada tan íntimo como compartir tu tiempo y presencia. Es tiempo de quitarme los audífonos para “realmente estar y escuchar”.

– La Moccata

La voz silenciosa y el retorno a la vida creativa

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Foto de @photographyadrianamb

Recuerdo que en la primaria al único reporte de mala conducta que recibí le pusieron un sello de un periquito, aunque me lo dieron por ponerme a maullar en la clase… no me pregunten por qué lo hice, seguro me salió una enorme cola de gato en ese momento.

Aunque fui hija única, durante mi infancia conviví mucho con mis primas y amigas, y también con las maestras de la escuela donde daba clases mi mamá. Así que, sin tener consciencia de ello, aquellos fueron mis primeros círculos de mujeres.

A pesar de que fui una niña muy tranquila e introvertida tuve una época en la que fui bastante cabecilla, a veces como una pequeña dictadora y otras, quiero pensar que como una influencia amorosa.

Con frecuencia había niñas que me buscaban o se reunían a mi alrededor, incluso más grandes que yo, tanto en la escuela como en las reuniones familiares o en otros espacios. Las pequeñas me seguían como la figura de una hermana mayor de la cual aprender, y las mayores me cuidaban procurando mi bienestar, o me confiaban cosas que a otras niñas o adolescentes de su edad no les decían. Tenía un poder de voz y de convocatoria muy marcados (cantaba, preguntaba e invitaba): incluso si debía permanecer calladita y bien portada, siempre encontraba un espacio que sirviera de foro o de podio, ya sea sola o acompañada, como el que usaba mi mamá durante sus discursos de oratoria.

Muchas veces fui la niña que reunía a chicas de distintas edades o personalidades, que servía de mediadora, que jalaba a las que estaban solas o eran discriminadas… ¿por qué?, quizá porque yo con frecuencia estaba sola, y la verdad es que sabía muy bien cómo entretenerme aún sin compañía. Tenía un mundo creativo e imaginativo muy grande. Incluso en silencio siempre estaba hablando, siendo pensando, siempre creando.

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Gif de @cushmok

 

Así que… cuando de pronto me encuentro con el chacra de la garganta bloqueado, con las ideas silenciadas y la voz apagada, con proyectos en pausa y las energías creativas desbordándose sin medida o caudal, me pregunto en qué momento esa chiquilla parlanchina comenzó a elegir quedarse callada o demasiado quietecita, aun cuando lo que quería era ponerme a cantar o bailar. Pienso que una parte se remonta a esa temporada en la que dejamos nuestra casa en Guadalajara para ir a la ciudad natal de mi mamá. No sé si fue el cambio, el choque cultural, o el paso a la adolescencia, ¡o todo a la vez! Pero fue entonces cuando seriamente sentí que había perdido el poder de convocatoria y seguridad en mí misma del que no había sido consciente hasta que dejé de experimentarlo.

A mitad del sexto año escolar de primaria nos mudamos de ciudad y llegué a una escuela con una tradición conservadora. Siempre me extrañó la disciplina que nos pedía “lucir como niñas correctas”: educación religiosa, el cabello relamido en una alta coleta sin un pelo suelto, las calcetas blancas y alzadas, los zapatitos de muñeca, todo en su lugar, todo perfecto… mientras, en contraste, las niñas exploraban su adolescencia pasando de un novio a otro. A mis 11 años todo eso se sentía como “de mentiritas”, aunque quizá yo era demasiado inocente, no lo sé. Pero yo, que llegué con mi cabello suelto, mis lentes de colores, mi falda larga como el jumper de mi escuela anterior, y mis botines mata víboras (que amaba)… realmente les resultaba un pato muy feo. Y fueron tantos los picotazos que recibí, que tristemente terminé por creerme el cuento de que “era fea y extraña”. Terminé por adiestrarme para ser aceptada, aunque eso significara callar la voz y los anhelos de mi alma. Afortunadamente,  y como dice la psicoanalista Pinkola:

por debajo de mi falda siempre se asomó la peluda cola de la loba salvaje

O del felino que quería maullar en clases… aunque pasaron muchos años para que aprendiera a reconocerla, en mí misma y en el resto de la manada, tribu y amistades que aguardaban por mí.

 

Así, a través del tiempo y las distintas experiencias en los años posteriores a esa época, en la universidad y ahora en mi vida profesional, la loba ha vivido en conflicto con ese patito feo que por momentos se deja picotear, y por otros lanza gruñidos y muestra torpemente los colmillos. Para aprender a volar hay que estrellarse un par de veces en el suelo, ¿cierto?

¿Y entonces? ¿Qué hacer cuando la voz se apaga? ¿Cómo recuperar ese poder de convocatoria y seguridad en mí misma? En los últimos meses ha habido tantas experiencias, tan bellas y confrontantes a la vez que tengo que sentarme a desmenuzar y empezar paso a paso, para que no me coma la energía que siempre se contiene, pero siempre se desborda.

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Gif de @franciscab

 

En los pasados círculos en los que practiqué la respiración consciente con la técnica Breathwave sucedió algo muy particular: mientras visualizaba en mi viaje toda clase de imágenes y representaciones que van desde la Baba Yaga del cuento de Vasalissa bailando y brincando sobre mi vientre, hasta mi imagen convertida en un árbol plantando semillas, solté un fuerte alarido, un canto o aullido. No puedo darle un solo nombre pero en ese instante mi pensamiento fue:

quiero cantar y plantar semillas a través de mi canto

Por lo que sé, sin ninguna duda, que esa era mi voz demandando un regreso triunfal.

Entiendo que en mi caso silenciar la voz va más allá de no hablar. La voz silenciosa son también los anhelos, ideas y proyectos que no se materializan, que no encuentran una salida hacia su exterior: los escritos que se quedan en borradores, los libros que se quedan en la lista de “por leer algún día”, las tareas inconclusas,  el viaje que no se concreta, la desconexión con mi “yo auténtico”, los momentos en los que dejo de estar conmigo, la falta de encuentros con lo sublime, la disminución de la vida creativa.  Y cuando la vida creativa se apaga el hambre es tan grande que podemos volvernos torpes en nuestro andar y “comer lo que sea”. En mi caso, como exceso de trabajo, como furia, como reproche, como procrastinación, como melancolía y ansiedad.

Me sucedió algo extraño hace poco, algo que no me había sucedido nunca. Cuando me puse a pensar qué es lo que había detrás de ese acontecimiento caí en cuenta de que no era más que la falta de conexión conmigo, con mi vida creativa; era la voz silenciosa del patito feo de mi adolescencia. Antes de que sucediera ese episodio llevaba un par de meses pensando “me quiero desconectar”. Me refería a que quería darme una pausa de todo para irme a descansar un rato, pero como no fui lo suficientemente clara terminé por desconectarme de mí misma. Y así, todos los caminos trazados me invitan de nuevo a ir hacia adentro, y de adentro a afuera. Toca volver a reestructurar, volver a desmenuzar, volver a morir para nacer una vez más.

¡Qué fácil es volver a caer en el “deber ser” y el “tener que hacer”, en lugar de dejarse ser, dejarse sentir! Si ya me has leído antes sabrás que este es mi eterno loop, esta es mi eterna batalla: la búsqueda del equilibrio entre la vida de afuera y la de adentro. La búsqueda del equilibrio entre mi luz y mi sombra, que siempre bailan un tango queriendo ambas guiar al mismo tiempo. Es el miedo al poder, es el miedo al potencial que requiere abrazar todo de mí, lo feo y lo bonito.

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Gif de @carlottanotaro

 

Recuperar la voz y la vida creativa requiere estar dispuesta a apostarle a la incertidumbre por encima de la seguridad, la incomodidad por encima de la comodidad. Requiere cantar más, más fuerte y sin pena. Requiere poner límites desde el amor y no desde la defensa, la ira o la arrogancia. Empecemos por darle voz a la información que se gesta aquí conmigo, que se jala de allá desde el otro lado del velo, se mezcla y se remezcla. Empecemos a gritar, a gemir, a llorar, ¡a aullar y maullar! Si no a través de la garganta, a través de todas las vertientes que mi creatividad y expresión me lo permiten, y a través de cada encuentro con lo sublime que es justo lo que mi alma anhela: lo sublime en una melodía, en una imagen, en una historia, en la hoja en blanco, en los pies descalzos, en la meditación, en todo y en nada a la vez. Ya te contaré después qué tal me va en este nuevo intento por recuperar la vida creativa.

La verdad es que al ver las fotos de mi pre adolescencia solía pensar que era algo feíta, ahora me doy cuenta de que sólo era encantadoramente distinta. Aceptando eso, aceptando la esencia salvaje que me alberga puedo elegir no domesticarme para darle poder a mi voz, para sumergirme en la vida creativa, para recuperar mi poder de convocatoria y seguridad en mí misma. Toca ponerme a maullar de nuevo en las clases de la vida, aunque me vuelvan a poner reporte de periquita.

La Moccata

Pd: la foto de portada fue tomada por la talentosa Adriana Maldonado (@photographyadrianamb) durante un retiro de mujeres en Tecate, B.C. Me sorprendió mucho el reflejo de luz en mi garganta. Me pareció la imagen adecuada para esta entrada.

 

Reflexión de la semana: No juzguez, no te juzguez, sólo observa

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Sin importar lo que digan los demás, sin el deseo de cumplir expectativas ajenas y sin miedo a la posibilidad de tu crecimiento… encuéntrate a ti mismo y enfréntate a tu oscuridad en la profundidad del silencio interno.
 
Un mantra que surgió a raíz de mi experiencia en el retiro #vipasana. Conoce esta historia leyendo mi “Crónica del Retiro Vipassana, 10 días de silencio y meditación… ¿Te animarías?”
 
La Moccata

El camino eres tú

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¿Cómo es tu transitar por esta vida? A final de cuentas, el viaje es hacia adentro.

La Moccata

El burnout y el ciclo menstrual

A veces siento que no sabemos parar, no sabemos ‘no hacer nada’. Mientras esperamos vemos el celular; mientras comemos vemos el celular o la computadora, o la serie; mientras hacemos algo ‘hacemos otra cosa’ al mismo tiempo, no hemos terminado una tarea cuando ya estamos haciendo otra, porque además somos multitask… es decir, le entramos a “tocho morocho”.

Una compañera me decía la vez pasada que la gente de antes, como no tenía tantas ‘distracciones’ se detenía a contemplar. Y en esa contemplación veía y escuchaba mucho más que lo que le rodeaba… veía y escuchaba desde adentro.

Las consecuencias de este cansancio por sobreactividad, de esto que ahora llaman burnout, no se ven sólo en el cuerpo, sino también en los proyectos personales que tenemos detenidos, esos anhelos que no cumplimos, el viaje que no hacemos; se ve en nuestras relaciones, con nosotras, con nuestra pareja e hijos (si hay), con nuestra familia, amistades o colegas del trabajo. Se ve en nuestras ganas de hacer las cosas, en la forma en que iniciamos el día y lo terminamos. Se refleja en todo lo que somos, hacemos y tenemos.

Este burnout y la manera en que lidiamos con nuestro día a día tiene una relación muy cercana con nuestro ciclo menstrual y en cómo interactuamos o no con él.

Hay un tiempo de actividad, un tiempo de expresión, un tiempo de creatividad y un tiempo de pausa y reflexión. Aprender a identificar nuestras fases menstruales, así como las distintas aptitudes y necesidades que experimentamos en cada una de ellas es esencial para que podamos fluir con nuestras mareas e incluso sacarle provecho, en lugar de seguir nadando a contracorriente y terminar exhaustas, como nos pasa hoy en día.

¿Tú sabes identificar tus fases menstruales y cuándo es el tiempo propicio para la actividad, la pausa, la introspección y la manifestación? Te invito a contactarme si necesitas una asesoría o terapia de wombblesing.

La Moccata, Moon Mother y terapeuta menstrual


40600277_2161256947455313_1010413819710668800_oArte: Hans Walør // Art + Design

“Long time no see”, el constante stand by

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¡Vaya que ha pasado tiempo desde la última vez que escribí en La Moccata! Han pasado tantas cosas: un periodo fuera de la Ciudad de México, convivio con la familia y amistades, trabajo, mucho trabajo, y también bastante reflexión: como que siempre caigo en el mismo loop de “nunca parar”. Pareciera que por más que trato de organizar la agenda nunca tengo espacios realmente vacíos para simplemente IMPROVISAR, y me pregunto ¿qué más tengo que dejar ir?

Recientemente me quedé contemplando mi calendario de actividades laborales de la semana… y me espanté. ¿Dónde quedó el tiempo para mí? De las 168 horas que tiene la semana, sólo quedó 1 para La Moccata, para mis escritos, de mí para mí, de mí para el mundo, y realmente me cuestioné ¿cuándo me daré el tiempo para sacar adelante ese proyecto, tan especial y tan personal, que está gritando salir a la luz?

¿Te pasa a ti también? Es probable que sí. Es como el mal del siglo, el constante cansancio por siempre estar haciendo algo, mientras que otras cosas que también anhelamos se quedan como suspendidas en el tiempo.

Algún día, cuando pueda, cuando tenga tiempo, cuando haya dinero, cuando los niños vayan a la escuela, cuando me retire, cuando, cuando, cuando….

Y así, me doy cuenta que

si yo me sigo poniendo ‘en espera’ la vida también me pondrá ‘en espera’

Y las cosas simplemente no sucederán por sí mismas. Creo que es importante planear para el futuro, no me cabe duda, pero mientras tanto, tomar las acciones (diarias, semanales o mensuales) para que eso que anhelo sea posible y se manifieste. De lo contrario… ¿hasta cuándo dejaré de ponerme en espera para ser mi prioridad? Empezaré por dar un paso hoy a través de estas líneas.

Luna menguante, que además coincide con mi luna negra interna… tiempo de hacer limpieza profunda. Algunas cosas y actividades tendrán que irse, para darle espacio a lo demás.

Con amor,

La Moccata, tratando de salir de su eterno loop de standby